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La carta de Luke Levinson

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     A continuación, se reproduce la carta de Luke Levinson, un joven de dieciséis años, tal y como sus padres la encontraron en el bolsillo de un abrigo. Una vez leída, los progenitores entendieron las razones que empujaron a su hijo adolescente a terminar con su vida de forma trágica arrojándose desde un puente de siete metros de altura. Esta es, en definitiva, la confesión de un chico que, aún en la flor de la vida, decidió poner fin a su sufrimiento por nacer en un mundo intolerante, egoísta y dominado por los estereotipos.

26 de julio de 2006

Queridos papá, mamá, parientes y amigos:

Mi corazón nunca ha encontrado refugio de la tristeza ni lo han embriagado los perfumes de un amor correspondido. Sin embargo, es cierto que llora. Algunas noches sus lágrimas han empañado mis ojos hasta que llegó el día y se llevó con él mis tristes experiencias, mis temores, todas mis inquietudes. 

He de confesaros que aunque he sufrido mucho desde que descubrí quién era en realidad, no he podido soportar más ese martilleo en mi cabeza. Por lo tanto, he decidido acabar con todas las dudas que no me dejaban descansar. Así este mundo tan patético dejará de burlarse de mí, dejará de dirigirme miradas amenazantes y dejará de despreciarme como a un perro callejero sólo por ser diferente a los demás ¿Por qué tenemos que amar todos de la misma forma si cada persona tiene una vida a parte? La elección de cada uno no debería influir en la rutina de otros, salvo que sus vidas sean vacías y aburridas. Nunca he comprendido decisiones tan antojadizas como esas donde la opinión de unos pocos  se considera regla sagrada e indiscutible.

Los adolescentes tenemos una idea del amor distinta a la que tenéis los adultos. Para nosotros, la relación entre dos personas “normales” es un pasatiempo que viene y va y que, al terminar, busca otra compañía para presumir de ella como si se tratara de un videojuego nuevo. Para seros sincero, conozco a pocos chicos con mis intrigas y quienes han intentado hacer frente a la crueldad del mundo ya no son los mismos. Parece que les hubieran arrancado sus pensamientos a golpes o hubieran pisoteado sus ilusiones con una bota gigante y podrida. Es más, cuando intento hablar con alguno de ellos sobre mi “problema”, desvían la conversación hacia otros asuntos que no se relacionan para nada con lo que quiero contarles. Por eso, temiendo siempre las palabras ofensivas, me escondo de todos. Sin embargo, ha llegado la hora de que quienes me queréis aprendáis a aceptarme tal como Dios me creó, no como os hubiera gustado que fuese. Solamente os pido que me entendáis del mismo modo que he yo intentado entenderos, o sea, sin mentiras ni prejuicios, con transparencia.

Muchas veces me he preguntado si es cierto que Dios rechaza a las personas homosexuales, aunque Él, en su bondad infinita, nos haya creado para que aprovechemos la vida lo mejor que podamos. Con estas afirmaciones sólo puedo ver una vez más la estupidez humana al diseñar sus malditas religiones, las cuales para satisfacer sus apetitos y blasfemias ponen en boca de lo divino palabras llenas de maldad. Yo sé, sin embargo, que alguna tarea especial me habrá encomendado el Señor cuando ha juzgado que debo ser homosexual y convertirme en una bestia escupida por todos. Pero si no encuentro rápido una respuesta, será demasiado tarde para volver atrás.

No derraméis lágrimas por mí ¿Vais a entristeceros porque me vaya de este cubil frío y asqueroso que es la vida hacia un lugar donde las mentiras no existen y los pecados se perdonan con misericordia? No sufráis. De esta forma, el mundo no tendrá nada que reprocharme.

Una vez que hayáis leído esta carta, probablemente os surgirán muchas preguntas que ni yo mismo hubiera podido contestar, a menos que la vida me hubiese dado otra oportunidad. Al fin y al cabo, me enseñasteis a creer en mí mismo y a luchar contra las dificultades; luego, os debo tanto que jamás podría pagároslo. Con todo y eso, si os hubiera confesado quien soy en realidad, jamás me habríais vuelto a dirigir palabra alguna; pasaría por vuestro lado como una sombra más, lo cual no deja de provocarme una melancolía terrible.

Quizás en un futuro aparezcan otros chicos perdidos como yo que se encuentren más preparados para superar los obstáculos de su lamentable condición; o quizás la sociedad haya recibido la luz que hoy necesita. Yo, por el contrario, ardo en deseos de conocer otra vida y de sentir el abrazo cálido de nuestro Padre. Es más, ya estoy viendo su sonrisa entre las nubes y sus manos me piden que vaya hacia ellas; pero no sé si debo obedecer o seguir atrapado en el desprecio cotidiano. Y, por fin, he tomado una decisión.

Hasta siempre.Habéis sido mi único apoyo en este mundo tan triste e incomprensible.

 

Os quiere,

Luke Levinson.   

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Acerca del autor

Abraham Ferreira Khalil

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