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lunes 27 de enero del 2020
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El vientre de la ballena

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No han bastado, al parecer, tantas avalanchas de recortes, tantas protestas ni tantas consejas del sistema financiero para que España llegase sana y salva a buen puerto. Antes bien, parece que la ballena nos hubiese tragado justo en el momento de avistar esa costa que en horas de tormenta hemos perseguido como un indicio esperanzador. ¿Por qué este Gobierno de asnos y corruptos se niega a reconocer su fracaso? Sin duda, es este un fracaso que en la oposición han recibido con sorpresa y en el seno del Ejecutivo han aceptado con resignación, ya que tarde o temprano darán con la clave. Admiraríamos su optimismo si no fuese porque el bien prometido sólo les alcanzará a ellos y no a la muchedumbre que les soporta, les limpia las heces y les ríe cualquier humorada patética.    

 

Si hablamos con la mayor humanidad posible, podemos afirmar que por encima de las ideologías y de las reyertas partidistas existen personas que están padeciendo los desatinos de la clase política y la pasividad de sus representantes. En este momento me viene a la memoria aquella cifra lapidaria de más de seis millones de parados con la única pretensión de encontrar un empleo lo más pronto posible. Y yo me pregunto: ¿qué opinan nuestros gobernantes derechosos sobre tan desolador panorama? ¿Cuáles son las soluciones que propone la izquierda contra este mal del siglo? Hasta ahora, nadie ha contestado con suficiente convencimiento. Unos insisten en que andando el tiempo la austeridad acabará con el desempleo; otros, por el contario, proponen mayor gasto de capital con la intención de sanar las heridas que tiene España. A pesar de todo, ninguno de ellos ha dado en el clavo. Ambos se presentan cual buenos samaritanos, pero el viajero sediento continúa tendido en mitad del camino.        

 

¡Oh, políticos de raza degenerada! ¡Cuán bien nos demostráis que vuestras intrigas personales son las que os han colocado en tan solemne cátedra y no el esfuerzo, el mérito y la sabiduría! Bajad de la montaña, aunque sólo sea un mísero instante, y servid a nuestra tierra conforme lo exige el código de vuestra profesión. Pero sabemos que no descenderán de la cumbre, ni aun cuando exista riesgo de avalancha. El hacerles bajar, apreciados lectores, dependerá tan sólo de nuestra voluntad y de la diligencia que pongamos al cumplir este empeño.          

 

Sea como fuere, mi lápiz ha dibujado tantas calamidades que me veo en la obligación de concluir estas líneas para no hundirme más en el desaliento. Sólo haré un último apunte: Imaginad un país en el año 2013, en mitad de una crisis asfixiante, con más de seis millones de parados y con una clase política que en lugar de frenar este incendio sigue arrojando leña a la hoguera hasta que el fuego nos devore a todos. ¿Alguien piensa todavía que España no se encuentra en el vientre de la ballena?     

 

Según apunta una célebre sentencia, el gobierno de una nación no es más que el reflejo de todos sus ciudadanos. Yo no sé si en otros países se cumplirá esta afirmación o no; pero desde luego en España, después de las desgracias que aquí hemos mencionado, no encuentro sentido a la cita anterior. Es más, ningún español decente es ni ha sido reflejo de unos políticos usureros, arbitrarios y ajenos a las penurias de quienes en buena o mala hora los eligieron. Y yo, como el desventurado Jonás, sigo preguntándome: ¿Hasta cuándo, Señor, nos retendrán en el vientre de este gigantesco pez? En manos del lector encomiendo la respuesta.    

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Abraham Ferreira Khalil

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