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domingo 09 de agosto del 2020
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Los clásicos se mueren

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Pensábamos acaso que nuestros hitos literarios iban a prevalecer ante el curso de la historia. Sin embargo, ¡qué desgraciada ha sido nuestra equivocación! Estudiados cada vez con menor dedicación, los clásicos suelen quedar reducidos a círculos académicos y elitistas mientras florece una nueva literatura que reproduce los mismos esquemas estructurales en todas las obras y que jamás podrá ser equiparada a la calidad indiscutible de los nombres de la tradición.       Muchos son quienes se han percatado de la agonía de los grandes autores cuyo declive comenzó en el momento en que irrumpieron las nuevas modas, tendencias y exigencias de las masas actuales. Con gran acierto estos pensadores achacan a la vulgarización de la literatura el abandono paulatino de los nombres más sonados en nuestras letras. Un abandono súbito en numerosas ocasiones, infundado y fruto exclusivo del capricho del público. Y es que nuestros lectores, influidos tal vez por la parafernalia y el consumismo, prefieren las novedades editoriales a los títulos selectos, lo novel a lo consagrado, lo trivial a lo reflexivo. De seguir así, llegará un día en que noveluchas de segunda fila desbanquen a Homero, a Larra, a Dickens, a Joyce, a Hugo, a Dante, a Shakespeare, a Moliere, a Tolstoi, a Unamuno, a Cervantes, a Machado, a Lorca o al mismísimo Platón de su atalaya privilegiada. Ese día la victoria de lo vulgar será aplastante y la sociedad habrá caido definitivamente en un pozo sin fondo.       Aun así, nos vemos en la obligación, siquiera sea como estudiosos de la literatura, de mencionar algunas alternativas que permitan restaurar el valor perdido de los clásicos. La primera de ellas consistiría en rescatar el cánon literario de cada nación y las escuelas son imprescindibles para tal propósito. Que los estudiantes compaginen con el best seller la lectura de Góngora, de Lope, de Quevedo, de Calderón, de Manrique. de Garcilaso, del Arcipreste de Hita y de muchos más conforme avancen en su formación. Hay en los clásicos lecciones de moralidad inigualables y valores universales de los que el best seller suele carecer. De hecho, un clásico literario lo es por su originalidad y su universalidad.       Una segunda propuesta afecta, en cambio, a las librerías y a otros espacios del comercio literario. A día de hoy es tarea harto complicada adquirir un clásico en cualquier librería si no es por encargo previo. Donde antes se mostraba a un autor consagrado a modo de reliquia de museo, ahora se observan miríadas de títulos sugerentes pero formados con el mismo material mercantilista. Lejanos quedan, en consecuencia, los años en que se veían por cualquier escaparate Guerra y paz, Romancero gitano, La vida es sueño, El Quijote, etc.       Cierto es que los clásicos literarios tienen que ocupar su espacio en las escuelas y en las librerías; pero si el gusto por la literatura no viene ya en el consumidor, de nada sirve abarrotar los estantes con títulos inimitables. Escasean los hogares en cuyas bibliotecas repose algún título del cánon literario. Pues bien, inculquemos a las familias con habitos lectores el deseo de conocer a los clásicos y luego, si lo desean, sumerjánse en la literatura comercial. Al menos habrán tenido una impresión previa que les permitirá juzgar si el best seller actual puede superar a los nombres máximos o no.       En esta apología de los clásicos, tengo la certeza de que aún nos queda mucho tramo por recorrer. Las soluciones arriba indicadas son esenciales; mas para el sistema económico de hoy, donde unos producen y otros consumen, estas observaciones resultan inútiles y hasta cierto punto heréticas. ¿Por qué los clásicos ya no son rentables cuando lo fueron en el pasado? ¿Por qué en nuestros días sólo algunas escuelas, universidades y círculos ilustrados les otrogan el respeto que merecen? Lo hemos dicho antes: cada siglo trae nuevas modas y gustos. Porque ahora no es una minoría lectora la que decide qué es buena literatura y qué no lo es, sino las masas consumistas. Según este criterio, pronto la mediocridad será grandeza y la grandeza mediocridad.       Pero ajenos a las tribulaciones del comercio literario y venerados sólo por unos cuantos lunáticos, nuestros clásicos se mueren. Sí, los clásicos se mueren y su agonia es lenta, lenta y lenta...                  

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Abraham Ferreira Khalil

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