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martes 26 de marzo del 2019
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¿Vivieron muchos años los patriarcas?

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En esta oportunidad, quiero compartir con todos los que me siguen en la lectura parte de un libro de Ariel Álvarez Valdés.  El libro tiene por título: ‘¿Qué sabemos de la Biblia?’

Pero ¿quién es Ariel Álvarez Valdés?:

Álvarez Valdés es licenciado en Teología Bíblica por la Facultad Bíblica Franciscana de Jerusalén (Israel), y doctor en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia de Salamanca (España). El tema de su tesis doctoral fue La Nueva Jerusalén: ¿ciudad celeste o ciudad terrestre? Como parte de sus estudios ha realizado numerosos viajes académicos por Egipto, Jordania, Turquía, Grecia y la Península del Sinaí. En la Argentina fue profesor de Sagradas Escrituras en el Seminario Mayor de Santiago del Estero, y de Teología en la Universidad Católica de la misma ciudad.

Bueno lo que quiero compartir con todo aquel interesado en el asunto, es parte de su libro y lo hago en cinco entregas:

1º.- ¿El Dios de Israel, era Yahveh, o Jeová?

2.-  ¿El mundo fue creado dos veces?

3.-  ¿En qué año nació Jesús?

4.-  ¿La Biblia prohíbe hacer imágenes?

5.-  ¿Vivieron muchos años los patriarcas del Antiguo Testamento?

¿Vivieron muchos años los Patriarcas del Antiguo Testamento?

El día del primer día.-

En el año 1654, un obispo anglicano llamado James Usher, erudito y gran estudioso de la Biblia, pensó que era posible averiguar exactamente la fecha de la creación del mundo. Para ello se abocó al estudio de las cronologías bíblicas, y luego de arduas investigaciones llegó a la conclusión de que el mundo había sido creado el 6 de octubre del año 4004 antes de Cristo.

Y no solo fijó el día, sino que precisó la hora: eran las 9 de la mañana cuando Dios dijo imprevistamente: “Hágase la luz.”

Como entre Jesucristo y nosotros han pasado otros 2000 años, la antigüedad del universo hasta hoy sería de unos 6000 años.

Esto pudo establecerlo el obispo gracias a que en el libro del Génesis tenemos cuidadosamente anotadas las edades de todos los antecesores de la humanidad, desde Adán hasta Abraham. Éstas suman unos 2000 años. De ahí en adelante ya es más fácil, puesto que todos sabemos que entre Abraham y Jesucristo media otros 2000 años, así que en total hacen los 4000 años encontrados por el obispo.

Pero ¿son exactos estos datos de la Biblia? ¿Podemos aceptar como históricas las fechas de nacimiento y de muerte de los patriarcas bíblicos que van desde Adán, el único hombre que según Usher nació adulto, hasta Abraham, y sostener que la creación ocurrió en el 4,004?

Los patriarcas de la discordia.-

Efectivamente, en el capítulo 5 del Génesis encontramos una lista de diez patriarcas, llamados “prediluvianos” porque son anteriores al relato del diluvio universal. Ellos cubren el espacio que va desde Adán hasta Noé. Y en el capítulo 11 hallamos otro elenco de diez patriarcas, llamados esta vez “postdiluvianos” por haber existido después del Diluvio, que cubren el tiempo que va desde Noé hasta Abraham. Con todos ellos se llena el periodo entre Adán, el padre de la humanidad, y Abraham, el padre de Israel.

En un primer momento estas fechas y datos cronológicos de cada uno de los patriarcas parecen históricos. Pero analizándolos un poco mejor chocamos con tres graves escollos: los patriarcas son muy pocos, han vivido muchos años, y sus edades han disminuido progresivamente.

Con respecto al primer problema, los estudios sobre la prehistoria han confirmado que la antigüedad del hombre en la tierra es mucho mayor que los 6000 años que propone la Biblia. El homo sapiens, antepasado del cual el hombre moderno procede, se remonta a los 5000,000 años. Eso sin contar que el homo habilis, la primera especie considerada humana por los científicos, ya existía hace dos millones y medio de años, con lo cual tendríamos aquí la verdadera edad del hombre sobre la tierra.

¿Cómo poner, pues, entre Adán y Jesucristo sólo 4000 años de diferencia?

Otros dos enigmas.-

En segundo lugar llama la atención la extraordinaria longevidad de los patriarcas. Con todos los adelantos actuales de la medicina, el promedio de vida del hombre moderno aún no ha logrado superar los setenta un ochenta años. ¿Cómo lo logró el hombre primitivo para quien, según los estudios de las condiciones sociales e higiénicas de la época, las perspectivas de supervivencia eran mucho menores que las nuestras?

Finalmente la Biblia sostiene que, desde Adán en adelante el tiempo de vida de la humanidad fue disminuyendo progresivamente. Por eso los patriarcas prediluvianos, es decir, los que van de Adán a Noé, alcanzaron a vivir entre 1000 y 700 años. Los patriarcas postdiluvianos, en cambio, murieron más jóvenes, entre 600 y 200 años.

Según el Génesis, Dios mismo, cansado de los pecados de los primeros hombres, dio un decreto bajando todavía la edad: “De ahora en adelante vivirán sólo 120 años” (Cf. 6,3). Para peor, en la actualidad constatamos que ha disminuido aún más, ya que difícilmente la gente llega a los años filiados por Dios.

Pero la ciencia nos demuestra lo contrario. La paleontología, por ejemplo, señala que mientras el hombre prehistórico tenía un promedio de vida de sólo 29 años, en tiempos de Jesucristo era ya 50 años. A comienzos del siglo XIX creció hasta los 55. A principios del siglo XX llegó a los 60 años. Y actualmente, los habitantes de algunos países industrializados tienen una esperanza de vida de 75 años.

¿Para qué sirve una genealogía?-

Los relatos de la longevidad de los patriarcas están en contradicción, pues, con lo que nos explican las ciencias. ¿Por qué la Biblia parece enseñarlo todo al revés? ¿O estas cifras tienen algún otro mensaje que se nos escapa al interpretarlas literalmente?

Para resolver la primera dificultad, es decir, la poca distancia que la Biblia pone entre el primer hombre y Abraham, hay que tener en cuenta el diferente significado que tienen nuestras genealogías y las bíblicas.

Para nosotros un árbol genealógico es un documento de carácter biológico-histórico. Con él se justifica la descendencia real de una persona, y se explican sus características genéticas. Por lo tanto, no es válida la cadena de nombres si faltan eslabones.

Para la Biblia, en cambio, una lista genealógica es un documento de carácter jurídico que sirve para legitimar determinados derechos. De ahí que en la lista de la humanidad, las palabras “padre”, “engendró”, “hijo”, designan no tanto la idea de procreación inmediata cuanto la transmisión de un derecho. Por eso no hace falta que sean completas.

Ahora bien, el autor bíblico necesitaba llenar el inmenso espacio que había entre Adán, el primer hombre, y Abraham el primer personaje del Génesis de quien tenía noticias históricas. Los pueblos vecinos de Israel rellenaban este espacio con noticias de personajes mitológicos y antepasados divinos: dioses, semidioses y héroes. Y aquí viene la gran innovación de la Biblia: a fin de cerrar el paso a la imaginación y evitar la tentación de caer en la idolatría de divinidades antecesoras, el hagiógrafo elige como antepasados de Israel a personajes de carne y hueso.

El valor de una promesa.-

En la tradición flotaban algunos nombre y tablas genealógicas, y aunque el autor sagrado era consciente de que entre los orígenes de la humanidad y Abraham había transcurrido un tiempo inmenso, elige para rellenarlo sólo diez nombres, un número redondo muy empleado en la antigüedad por razones mnemotécnicas: era más fácil recordarlos con los diez dedos de la monos. De ahí la “casualidad” de que tanto entre Adán y Noé (patriarcas prediluvianos), como entre Noé y Abraham (patriarcas posdiluvianos) haya habido exactamente diez antepasados.

Los datos recogidos en el relato bíblico no pretenden, pues, tener un sentido estrictamente histórico ni cronológico. Los veinte nombres son residuos de viejas tradiciones. Pero quieren enseñar una verdad religiosa muy importante: la promesa de un redentor, hecha en Génesis 3, 15 sólo a Adán, llega hasta Abraham por una cadena ininterrumpida de herederos. Hay, pues unidad y continuidad en la historia de la salvación.

Sólo por el inmenso valor religioso, estas vetustas genealogías fueron inspiradas por Dios y terminaron formando parte de la Biblia.

El invernadero que no fue.-

La longevidad de los patriarcas es el segundo problema que se nos plantea. Hasta hace poco era tenida por real, y se creía que era un vestigio de la vitalidad del hombre en sus orígenes.

Incluso hoy algunos siguen apegados a esta interpretación literal. Recientemente un pastor protestante la explicaba así: la atmósfera, en ese entonces, era una suerte de invernadero, preparado por Dios en el segundo día de la creación al separar las aguas de arriba de las de abajo. Ese invernadero permitía vivir en inmejorables condiciones hasta que fue desarmado con el diluvio universal.

Interpretaciones de este tipo, además de no tener ningún apoyo científico, son inaceptables. En efecto, un examen más atento nos indica más bien que el texto bíblico especuló con el valor simbólico de los números, como se hacía habitualmente en el antiguo Oriente.

Jugando con las edades.-

Por ejemplo, ¿Por qué Adán murió a los 930 años (5,5)? Porque esta cifra es igual a 1000 (el número de Dios, según el Salmo 90,4) menos 70 (el número de la perfección). Es decir que por su pecado, a Adán se le restó el número de la perfección y no pudo alcanzar la cifra de Dios.

Quenán, el cuarto patriarca prediluviano (5,12), engendró a su hijo a los 70 años (número de la perfección). Y luego vivió otros 840 años, cantidad que equivale a 3 (número de la trinidad) por 7 (número perfecto) por 40 (muy usado en la Biblia y que representa a una generación).

Henoc, el séptimo de la lista, vivió 365 años, cifra corta pero perfecta, pues corresponde a los días del año, que eternamente se repite. Por eso es el único del que no se menciona su muerte, y sólo se hace esta sorprendente afirmación: “Anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó” (5,24). Por eso también ocupa el séptimo puesto, el lugar perfecto.

Lámek, el noveno, fue padre a los 182 años, o sea 7 por 26 semanas (que son exactamente la mitad de un año solar). Vivió en total 777 años.

También la edad de Noé es simbólica. El diluvio sobrevino cuando él tenía 600 años, o sea 10 x 60. Ahora bien, 60 representa la divisibilidad máxima (por 2,3,4,5,6), y por lo tanto la síntesis del sistema sexagesimal y decimal.

No sólo los diluvianos.-

Uno de los más interesantes juegos de números simbólicos es el de las edades de los patriarcas posteriores, es decir, de Abraham, de su hijo Isaac, y su nieto Jacob. De ellos la Biblia sostiene que murieron a la edad de 175, 180 y 147 años respectivamente

Si descomponemos estas edades, tenemos:

Abraham: 175 años = 7 x (5 x 5)

Isaac: 180 años = 5 x (6 x 6)

Jacob: 147 años = 3 x (7 x 7)

Es decir, el multiplicador empieza, en Abraham, con el número perfecto 7, que es un número primo. Pasa a Isaac con el número primo descendente 5, y llega a Jacob con el número primero 3. Mientras estos números 7,5,3, descienden, los números multiplicados se repiten dos veces y aumentan progresivamente: 5,6,7.

Mensaje que sí sabemos.-

Pero aquí no termina el acertijo. Si en vez de multiplicar, sumamos estos mismos números, entonces tenemos:

Abraham: 7 + 5 + 5 = 17

Isaac: 5 + 6 + 6 = 17

Jacob: 3 + 7 + 7 = 17

Es decir, todas las sumas dan 17, que además de ser número primo es la edad de José, hijo de Jacob y faltante en la lista, había vivido con su padre cuando sus hermanos lo vendieron a Egipto (Gn 37, 2), y que más tarde vivió junto a él en el país del Nilo (Gn 47,28).

Estos complicados juegos tenían probablemente otro sentido que nosotros ignoramos. Igualmente el significado de las edades de la mayoría de los patriarcas pre y postdiluvianos se nos escapa, y hoy no sabemos la intención con que los compusieron. De todos modos tales cifras precedían expresar un acto de fe: que en la vida de los patriarcas nada hubo de casual, que sus vidas fueron agradables a Dios hasta en los años que vivieron.

Receta para una larga vida.-

Finalmente nos queda por analizar el tercer problema, es decir, la disminución progresiva de las edades. También ésta es una verdad teológica. Para los escritores bíblicos, la edad de una persona y su larga vida dependen de su fidelidad a Dios. Esto lo enseña varias veces el texto sagrado.

El libro del Éxodo, por ejemplo, al enumerar los diez mandamientos aconseja: “Honra a tu padre y a tu madre para que tengas una larga vida” (20,12). Y el libro de los Proverbios sostiene que “el respeto por Dios prolonga la vida, pero los años de los malos son acortados” (10,27).

Por lo tanto, que los patriarcas Vivian cada vez menos, no es un hecho biológico sino una idea teológica: al ir la humanidad alejándose progresivamente de Dios, la gente vivía menos años. Porque cuando Dios vio que la corrupción era generalizada dijo aquello de: “Ya no viviré mas al lado de ellos. Sus días no pasarán de los 120 años” (Gn 6,3). Según esta perspectiva, entonces, de que la edad estaba en función de los pecados, Noé que vivió 950 años era un hombre santo.

La receta mejor.-

¿Por qué expresaban así este concepto? Porque en el Antiguo Testamento no había aún la noción de otra vida después de ésta. Y al no tener Dios la posibilidad, según aquella mentalidad, de premiar en el más allá al que había sido bueno se lo premiaba en la tierra.

Así, cuando se quería significar que una persona había sido buena, se le atribuían muchos años. Al pecador en cambio se lo suponía muerto prematuramente. Los muchos años eran la bendición de Dios para el justo. Como el justo Job, de quien la Biblia dice que murió anciano y colmado de días (Cf. 42, 17), dato muy poco importante, si no fuera que encierra un mensaje religioso. y como Abraham, Isaac, Jacob, y todos los patriarcas que llenan el espacio entre Adán y Abraham. Vivieron muchos años porque eran todos justos, y Dios así los recompensó la promesa, pues, de bendiciones de Dios que cada uno trasmitía a sus descendientes desde Adán, llegó sana y salva hasta nosotros a través de buenas manos.

Será Cristo el que traerá la gran novedad, ya insinuada poco antes de su venida, de que el hombre continúa viviendo despues de esta vida, es decir, que tiene vida eterna. Y entonces ya no hará falta agrandar las edades de los personajes para decir que Dios los recompensa. Simplemente se dirá que al morir fueron a gozar del premio eterno. De Cristo en adelante lo que importa no es cuantos años se viven, sino cómo se viven esos años. Ya no existen vidas cortas ni vidas largas, sino vidas con sentido o sin sentido.

Los 4000 domingos de una vida.-

En verdad que actualmente la medicina ha logrado prolongar la vida del hombre sobre la tierra hasta los 70 años, en total unos 4000 domingos. Pero eso no es importante.

Si uno ha amado, si ha servido con desinterés, si su mano estuvo tendida para ayudar al necesitado, si fue sensible al dolor ajeno, si hizo lo que pudo para secar las lágrimas de los demás, su vida fue un éxito, aun cuando haya vivido poco.

En el contexto de los patriarcas, que duraron mucho en la tierra según la mentalidad del Antiguo Testamento, una vida como la de Cristo que murió a los 37 años habría sido un fracaso y una señal de maldición divina. Pero hoy sabemos que lo importante no es vivir muchos años, sino vivir los muchos o pocos que podamos, en plenitud. Vivir por vivir, perdurar, no implica ningún mérito si no se le ha dado un sentido a la vida.

Porque como canta muy bien Eladia Blázquez:

“Eso de durar y transcurrir / no nos da derecho a presumir, / porque no es lo mismo que vivir, / honrar la vida.”

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Acerca del autor

Andrés Arbulú Martínez

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