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domingo 05 de abril del 2020
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El asalto

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¡Arriba las manos¡ Déme su bolsa, su reloj y sus anillos, grita Samuel apuntando con un pica-hielos. La lengua se le queda pegada en el paladar, le impide pasar saliva, el puño apretado, la quijada contraída, tratando de retener las gotas de sudor. Una mujer de cuarentaytantos le avienta la bolsa, el reloj y un puño de bisutería, Samuel sale a toda velocidad azotando las suelas contra el asfalto, salta sobre el cofre de un auto, se mete en un callejón, sin dejar de correr esculca la bolsa, se guarda los billetes, se pone el reloj en la muñeca, mastica y escupe las baratijas.

Laura camina con los hombros retraídos, sus pasos no quieren llegar a su destino, cruza los brazos sujetándose de los codos, ¿cómo le va a explicar a Fernando lo del anillo de bodas? Laura mira el anular izquierdo desnudo y trata de recordar en qué momento lo perdió. La culpa recorre su espalda como gotas de sudor, tantos años con Fernando y ella nunca…

Muchos fueron los años de relación y fidelidad, pero en cuanto tuvo el anillo de bodas en su dedo sintió unas locas ganas de probar otros hombres, no podía evitar verlos a todos con deseo al topárselos en la calle, en el banco, en la fila del cine. Esto no significaba que había dejado de amar a Fernando, al contrario, pero una fuerza sobrenatural la hacía enloquecer y desear a cuanto hombre la pasara por enfrente.

¿Cómo decirle a Fernando que perdió las invitaciones de bodas en el auto de un hombre desconocido mientras le era infiel? A Laura le era imposible mentir, así que estaba condenada a tener que confesarle todo a Fernando, no tenía ninguna excusa lejanamente creíble hasta que un hombre con un pica-hielos le gritó ¡Arriba las manos¡ Déme su bolsa, su reloj y sus anillos.

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Acerca del autor

Lorena Somocurcio

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