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viernes 10 de abril del 2020
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Crimenes de conducta

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Hace apenas unos años era impensable que uno pudiera denunciar a unos colegas sólo porque a uno le hicieran el vacío y se andasen con triquiñuelas con el fin de que una pobre víctima se despidiera voluntariamente de su puesto de trabajo. Tampoco se consideraba la posibilidad de darse de baja por depresión, siendo la corriente al respecto del tipo “¿Depresión? ¡Un par de palos y verás que pronto se pone contenta!”. Sólo se condenaban los delitos o faltas contra la vida, la salud física o la propiedad, sea ésta intelectual, económica, inmobiliaria o de cualquier otro tipo.

 Quizá se haya incluido el acoso laboral porque atentaba contra una pérdida, la del trabajo, y en ocasiones, contra la propia vida del perjudicado, induciéndole al suicidio. Sin embargo, hay decenas de conductas similares cuya denuncia aún no se contempla.

 Esos colegas mezquinos encuentran su equivalente, por ejemplo, en la mayoría de suegras. ¿Cuántas de ellas no se andan con artimañas, criticando a la nuera ante el hijo, sacando a la luz sus defectos y nunca sus virtudes, con el único fin de romper el matrimonio?

 Sí, suena irreal, pero su conducta perversa aniquila relaciones, rompe corazones y destruye autoestimas. ¿Por qué no dictar una orden de alejamiento contra ellas? “¡Oh, qué horror! ¡Prohibir a una madre ver a su hijo!” exclamarán algunos. Y, ¿por qué no? Si sólo quiere perjudicarle.

 ¿Y la creciente ola de malos tratos y amenazas entre adolescentes? ¿Por qué nadie defiende a ese pobre muchacho o muchacha que ve con terror cada día de clase? ¿Cuántos más van a tener que suicidarse para que se lleven al grupo de los conflictivos a “estudiar” a un correccional? ¿O por qué no va el padre de un damnificado y espera a los agresores con un bate de béisbol y les paga con su misma moneda? Porque como la ley sólo parece proteger los derechos de los jóvenes descarriados... Alguien tendrá que proteger a los que más o menos van por el buen camino, ¿no?

 Y es que hay muchas personas que no son aptas para vivir en sociedad, no sólo ladrones, estafadores, violadores, timadores y demás delincuentes y criminales.

 ¿Qué pasa con los asesinatos encubiertos en la carretera? Mucho “conduzca con cuidado, no beba al volante, no hable por el móvil, use el cinturón, la velocidad mata y lo importante es volver”. (¿Y qué pasa con el ir?). Todo parece estar destinado a protegerle a uno mismo de sí mismo, pero ¿y cuando hay que protegerse de los demás? ¿No es un asesino de la peor calaña el ególatra prepotente que como tiene prisa se considera prioritario al resto de conductores? Sí, el que adelanta invadiendo el sentido contrario y choca y muere y mata a quienes no tenían culpa, a quienes iban ya sea tranquilamente o con prisas, pero sin beber, sin hablar por el móvil, respetando las normas y con el cinturón. ¿De qué les sirvió ser ciudadanos respetuosos y corteses con el prójimo si a rapaces individuos sanguinarios como el que adelanta se les permite circular, tratar al resto como un estorbo deleznable y convertir su coche en un arma mortal?

 Yo sería capaz de seguir a uno de esos criminales de la carretera, alcanzarle, sacarle del coche por el cuello y preguntarle: “¿Qué? ¿Qué has ganado? ¿Cinco minutos? ¿Y crees que cinco minutos de tu puto tiempo merecían que casi mataras a tres personas?”. Y de un hachazo, talón de Aquiles cortado. Dos veces, además, para que no quede posibilidad de sutura y ése no vuelva a poder pisar un acelerador.

 Yo tengo amaxofobia por su culpa, y encima, ¡en las noticias les defienden! “Choque frontal en la carretera comarcal numero tal. Ha habido siete muertos”. Así lo suelen contar, como si el choque frontal se hubiera producido por sí mismo, como un alud. ¿Por qué no decir la verdad? “Un hombre invade el sentido contrario en un adelantamiento y mata a cinco personas, dos de las cuales iban con él. Él imprudente conductor también fallece, pero más tarde que ninguno y con intensos dolores”. ¡Así lo deberían contar! Y aún se podría hacer más. Como poner en el punto de la tragedia un cártel con su foto, nombre, apellidos y número de personas que ha matado. Así, por lo menos, todos los que lo vieran se lo pensarían dos veces antes de adelantar. O cómo hacen en Los Ángeles, obligar al perpetrador, si sobrevive, a visitar a las víctimas y a los familiares. Y si ha matado a la víctima, le llevan al depósito de cadáveres. O poner en un cartel con números digitales, el número de fallecidos en cada curva. “Aquí ya van 271 muertos. ¿Quieres ser el siguiente en aumentar la lista?”. Y cuando pasaras otro día y en vez de 271 vieras 283, seguro que se te ponía piel de gallina y te entraba tan mal rollo, que de inmediato reducías la velocidad a veinte kilómetros por debajo de la permitida. Se preocupan demasiado por no herir la sensibilidad, ocultándonos la gravedad de nuestros actos.

 Si fuéramos más conscientes del peligro que representa la carretera y entre todos reaccionáramos pitando, gritando e insultando a cada uno que viéramos cometer una infracción, quizá lográramos que los malvados del volante no sólo se preocupasen por una multa, si es que lo hacen, sino que se verían continuamente repudiados y vigilados por todos los demás. Sentirse estúpido y ridículo molesta.

 Pero NUNCA hacemos nada. Es como cuando hay cola en el carril de salida de una autopista y llega un listo y se cuela. ¡No sólo le dejamos colarse! ¡Ni siquiera le pitamos! Y todas esas personas son un peligro público. Verdaderos asesinos en potencia. El día menos pensado tú irás por tu carril y al doblar una curva, aparecerá uno de ellos avalanzándose hacia ti. Que te eche al arcén es lo menos que te puede pasar.

 ¡Si se pudiera llamar a la Guardia Civil y darles la matrícula! Pero como entre los humanos reina la mezquindad, no se fiarían. Muchos llamarían para fastidiar a un enemigo y entonces, la benemérita sólo podría actuar cuando recibiese tres llamadas de diferentes provincias y de personas no relacionadas entre sí.

 Pero aparte, ¡hay tantos actos descorteses que merecerían una buena multa! Cuando dejas cruzar a alguien por donde no hay paso de peatones, y en vez de agradecértelo con un gesto, te ignora, se entretiene y cruza más despacio que un caracol. Y por cierto, el 12 de febrero de este año, 2006, una chica conduciendo un coche gris metalizado matrícula D** se encaprichó por ir lentamente provocando tras de sí una cola de no menos de veinte vehículos. O no miraba los retrovisores o no le daba la gana apartarse. Siguió egoístamente a lo suyo desde La Granja a Cerceda, haciendo que unos cuantos (perder la paciencia era fácil) tuvieran que arriesgarse a adelantarla.

 Ser descortés en la carretera provoca muertes. Con mucha más frecuencia que el mobbing. Y las actividades dañinas continúan. En el supermercado. El que se pone a colocar la compra en las bolsas sin atisbo de prisa y sólo paga cuando ha finalizado. ¿Qué le cuesta hacerlo al revés y así la cajera puede seguir cobrando? O el que va con el carro lleno, detrás lleva a alguien con sólo cuatro cosas y no le deja pasar. ¡Si como mucho va a perder un minuto!

 Y en el avión. El que se queda en el pasillo ajeno a los ciento y pico que esperan dócilmente detrás de él a que coloque su chaqueta y su portátil. ¿No puede hacerlo desde el interior de la fila y permitir que los demás avancen? Y luego, que se retrasan los vuelos. Además, esa actitud es típica del puente aéreo en pasajeros catalanes y españoles. En otros vuelos de negocios con pasajeros de otras nacionalidades, no ocurre. También está el que se cree más importante que el resto y enciende el móvil en pleno despegue y se justifica diciendo: “Es que era un negocio muy importante que no podía perder”. Claro. Seguro. Los negocios de los demás no pueden ser tan urgentes.

 Es culpa del individualismo. De hacer lo mejor para uno mismo, perjudiques o no a los demás. Sin darse cuenta de que si cada uno actúa únicamente en su propio beneficio, viviremos entre alimañas; en continua guerra y perpetúa desconfianza.

 Por fortuna, muchos ya no somos un lobo para el hombre. Habría que erradicar a los que aún lo son. Denunciarlos, ponerlos en tratamiento psiquiátrico, congelarlos hasta que se descubra una cura.

 En el futuro, cuando hayan terminado de descifrar el genoma humano, se podrán evitar tales casos. Al menos, en la carretera. En el psicotécnico, al sacarse el carné de conducir, verán: individuo con gen de la agresividad. Es decir: “ególatra, arrogante, capaz de matar indirectamente ya que considera secundaria cualquier vida que no sea la suya. Prohibición perpetua de conducir”.

 Los “estudiantes” agresivos, separados de los dóciles y pasando cacheo y detector de metales a la entrada de cada instituto, pub, discoteca y demás lugares de ocio.

 Los dados al acoso laboral, condenados a trabajar en solitario. Las madres posesivas con hijos influenciables, apartadas de las novias. Y al resto, multas equivalentes a un porcentaje de sus ingresos.

 Sí, es una utopía, pero vivimos en sociedad y hay muchos seres defectuosos, no aptos para vivir en ella y a menudo inconscientes de la vileza de sus actos. Alguien tiene que hacérselo ver. Y yo, desde aquí, lo intento. Yo no soporto más a los que no se saben comportar. Hay que educarles entre todos ¡ya!

 Y también a los que piden algo prestado y no lo devuelven; un clarísimo robo encubierto. Y a las que seducen a los novios de sus amigas. Y a los que vierten líquidos en los buzones de correos. Y a los que te arañan el coche porque sí. Y a los que sirven garrafón. Y a los cocineros que como mínimo escupen en los guisos. Y a los que se burlan de los que tienen defectos físicos. Y a los que se ponen a fumar en una mesa sin pedir permiso a los de al lado. Y al que siendo muy alto no se agacha un poco en el cine. Y a los que se ríen del acento de un extranjero al hablar un idioma que no es el suyo. Y a los que no devuelven una llamada prometida. Y a los que torturan a una enamorada con falsas esperanzas. Y a los que sólo piden favores y nunca los devuelven. Y... hay demasiados crímenes de conducta. ¡Qué cada uno busque a su agresor!

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