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sábado 19 de septiembre del 2020
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Montar en bici

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Aprendí a montar en bici en la bicicleta de Antonio, allá con diez u once años, en las huertas de Ronda (Málaga, España), al lado de la Cueva del Gato. Tenía mi amigo una bici preciosa. Creo que su padre, emigrante, se la trajo de Alemania. Era pequeña pero con el diseño de una bicicleta grande, de las de antes. Una gozada. Antonio era unos meses más joven. Nos llevábamos muy bien. En contrapartida, le aleccioné a acoplarse encima de las ovejas y de las cabras y cabalgar unos segundos. Luego, la vida nos separó y hasta hoy sin saber de él.

Sí, me enseñó a montar en bicicleta y, supongo, aprendí por mí mismo (no confundir enseñar con aprender). Horas y horas, en la era, después de una larga jornada de trilla, me explicaba como debía mantener el equilibrio, lanzándome una y otra vez desde un pequeño promontorio, en los aledaños del círculo de piedras. Empezaba a pedalear, me caía y ¡una vez más!

Me enfadaba con Antonio porque pensaba que lo que quería es verme en el suelo. Mi conflicto se encontraba en que me tenía que enfrentar yo solo, hacerlo solo. Antonio me apoyaba pero el que se caía no era él. Quizás, debería haber entendido antes la ley de la gravedad. El caso es que ahora, partes del recuerdo las percibo dolorosas, por los porrazos, y hasta un poco frustrante; sin embargo, todo en su conjunto es una evocación simpática y adorable.

Ansío el momento de enseñar a mi retoño a montar en bicicleta. Espero hacerlo igual de paciente, pedagógico y didáctico que mi amigo Antonio lo hizo conmigo. Ese tipo de experiencias me iban trasladando el mensaje de las dificultades que día a día hay que vencer para, posteriormente, disfrutar de la libertad de pasear por el barriada de la Vida, montado en la bicicleta de tu Ser, ayudándote de tu cuerpo y, sobre todo, de tu cerebro y de tu corazón, o, mejor, de los dictados de tu alma. Buenos días y buena semana.

Manuel Velasco Carretero

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