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miércoles 15 de julio del 2020
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El duelo como productor de patologías

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El duelo, es aquel denominado estado de abatimiento doloroso tras la muerte de un ser querido, unido a la propia aceptación de la pérdida de una parte de uno mismo y que conlleva el haber estado ligado a la otra persona. Este proceso da lugar a la aparición de enfermedades que pueden llegar a resultar graves, en muchos casos.

La pérdida de un ser querido resulta siempre un enorme traumatismo que activa la capacidad de destrucción y adversidad que todo ser humano lleva dentro de sí mismo. Con frecuencia el duelo resulta ser la causa de la aparición de patologías de diversa gravedad.

Sin embargo, sabemos que el duelo puede ser normal o patológico. La diferencia entre ambos factores radicará en la aparición y tendencia a la destructividad. La pérdida de un ser querido es una ingente lesión que activa nuestro tácito retroceso que todo ser humano tiene dentro. Destructividad hacia el otro, hacia la persona fallecida, lo que bien podemos llamar irritación y odio, y destrucción contra uno mismo. La administración, relación y acoplamiento de ambos componentes conducirá al individuo hacia un duelo normal o el bien, a un duelo patológico. Si en el manejo de esos factores predomina la destructividad del individuo hacia fuera, el duelo será normal. Por el contrario, si prevalece una agresividad interna, una autodestrucción del propio individuo, el duelo condescenderá en patológico.

En todo duelo patológico co-existen dos variedades, una por exceso y otra por defecto. Cuando este sucede por exceso, el paciente lo cursa con mucha ideación de pensamientos dónde prevalecen los negativos, con vastos mecanismos de defensa, con crecidas fantasías a menudo sin sentido alguno, con dolor ingente y esforzados sentimientos de culpa que no convencen. Podríamos hablar entonces de un cuadro habitual de depresión que precede a una muerte. El paciente vive con sentimientos confusos, dónde él mismo se interpreta como la víctima de lo acontecido y con ello se puede llegar a torturar durante años, y este padecimiento se circunscribe a los que tiene a su alrededor.

El duelo por defecto se aplica a la destrucción contra el propio funcionamiento mental y el paciente deja de sentir, de pensar, de percibir la falta de la persona que ha perdido y llega un momento en que tiene tal empobrecimiento psíquico que no puede hacer frente a la situación de ese encierro psicológico. Es una negligencia psicológica que en un inicio puede aparecer como sistema de defensa hacia la muerte, pero que paso a paso termina por conllevar a un estado peligroso y agudamente nocivo.

Toda disminución de la actividad mental, de la capacidad de fantasía y de deseo, el desvanecimiento de sueños, la anulación de proyectos, la supresión de ilusiones y de la propia historia personal que el individuo debería poder relatar, con el tiempo, se   transforma en un trastorno somático, tan agresiva como puede ser un cáncer, un aneurisma cerebral  o un infarto de miocardio (IAM).

Desde la perspectiva de enfermería, la intervención psicosocial ante un paciente con un grado destructivo avanzado debe conllevar un abordaje combinado, integrándose un tratamiento farmacológico a la vez que psicológico, desde el aspecto biológico como ser humano que está sufriendo y mucho. Esto sólo se conseguirá si se consigue  modificar con intervenciones psicosociales su actitud ante la nueva situación y la disposición hacia el trastorno del paciente y de su familia.

Cuando el paciente nos llega en los estadios tempranos de la patología, este experimenta una parálisis afectiva que frecuentemente resulta ser antesala de la patología orgánica. Es tarea de los profesionales de enfermería reconocer esos factores que componen el síndrome previo patológico y a grandes rasgos, la mal denominada depresión esencial tras una muerte.

Si bien, hay factores determinantes en todo paciente como accidentes con muertes inesperadas, asesinatos, suicidios, todos aquellos fallecimientos en los que se pierde el sentido de naturalidad y autonomía, que suponen un agravio para ser asimilados, los especialistas, y en particular la profesión enfermera, puede reeducar y reencauzar la discordancia que padece el individuo en muertes que rompen el ciclo propio de la vida, tal y como la entendemos.

Un duelo debería ser siempre un proceso con una adaptación paulatina y sana de la persona que lo sufre, según sus propias características como ser humano y dentro de su propio contexto familiar y social. Pero con frecuencia, esta adaptación adquiere estrategias insanas para luchar contra el dolor, la angustia y la desesperanza, tomando caminos que pronto se convierten en hábitos dañinos para la salud del individuo, como una ingesta incontrolada de alcohol, abuso de ansiolíticos y/o tranquilizantes o la simple apatía, que puede llevar a una indolencia de la persona en los niveles más básicos de su propio cuidado, como es el abandono de la higiene personal (factor que se puede ver con demasiada frecuencia en personas mayores cuando se produce la pérdida de su cónyuge).

Otros factores contextuales como la falta de apoyo afectivo, familiar o social así como casos en que se experimentan pérdidas múltiples y/o sucesivas pueden llevar a un individuo aparentemente fuerte a ser incapaz de resolver el duelo de un modo saludable. En todos estos casos, la pronta intervención de enfermería puede aportar no tan sólo un confort y ayuda biopsicológica al paciente, sino que supone en gran medida, el primer soporte para que el paciente afronte la nueva situación y pueda seguir a delante ayudándole a aceptarlo, enseñándole a enfrentarse al duelo, a no negarlo, de manera que el individuo entienda el proceso como un camino hacia el restablecimiento de la continuidad de la vida y de esta ante la nueva situación, una evolución hacia la recuperación de su equilibrio personal.

Es por ello, que una intervención precoz desde enfermería puede dar lugar a una disminución de los procesos patológicos y con ello a mejora de la calidad de vida del paciente que se encuentra en un proceso de duelo y, poco a poco a la recuperación de sí mismo.

Mediante la relación de ayuda la profesión enfermera contribuirá a la realización del proyecto personal de todo individuo que se encuentra en situación de duelo. Esta asistencia no significará en ningún momento socorrerle desde fuera sus experiencias, sino dentro de sus propias costumbres y expectativas, ayudándole a asumirlas, a validar sus experiencias desde una visión positiva, disminuyendo en la medida de lo posible el sufrimiento que provocan los sentimientos adversos y transformándolos en situaciones generadoras de bienestar y de máxima salud.

La relación de ayuda enfermera no será, por tanto, una acción paternalista ni proteccionista como lo fue en antaño, sino que debe ser una acción terapéutica de respeto de responsabilidad y de respuesta a las necesidades del otro, de aquel paciente que sufre por la pérdida de un ser querido. Función propia de enfermería dentro del contexto social del arte de cuidar, manteniendo la singularidad de cada ser humano como ser único e irrepetible. El conocimiento de la técnica de los cuidados es básico en la enfermería de hoy, pero también la técnica de la, comprensión y sensibilidad. Porque cuidar a un paciente en duelo requiere transformar la realidad del duro momento en algo más humano, más consciente, más espontáneo y mejor. Sólo es posible cuidar y atender digna y humanamente a una persona en duelo conociendo su naturaleza humana, sus múltiples dimensiones y capacidades, y hacerlo desde una interacción de proximidad, desde la cercanía del sentirse afectado por la situación de dificultad del otro, desde la empatía.

Gemma Llauradó

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Acerca del autor

Gemma Llauradó Sanz

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