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sábado 24 de octubre del 2020
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Sobre metaignorantes y fascistas

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Sobre metaignorantes y fascistas

Sostengo desde hace tiempo, no sin nostalgia, que el periodismo ha muerto. Nadie quiere certificar su fallecimiento, es verdad, pero creo que se debe a que, en el fondo, muchos de los que nos dedicamos a esto aún abrigamos la esperanza de que el cadáver no lo sea y que la postración y la carencia de signos vitales se deban a la catalepsia. Como el periodismo actual, los catalépticos tampoco responden a estímulos, su pulso se vuelve muy lento y la piel se les pone pálida; o sea, tienen los síntomas que presentaría cualquier difunto, lo que en otras épocas llevó a enterrar a alguno que aún estaba vivo. Epicuro, que era un tipo muy listo, escribió que “cuando llega la muerte, ya no vivimos”. En consecuencia, sin haber la certeza de que ya no vive, que la ha diñado, mantenemos la esperanza.

El primer indicio de que el periodismo agonizaba lo tuve hace ya unos cuantos años, cuando se rebajaron tanto la exigencias intelectuales y profesionales para dirigir medios de comunicación que ya lo pudo hacer cualquiera, incluido yo. En eso el periodismo y la política se parecen muchísimo: la inexperiencia, la incapacidad y la falta de preparación han ganado la partida a valores como la veteranía, el talento y el conocimiento, lo que ha provocado la sustitución paulatina de profesionales instruidos en todo tipo de materias, es decir, con una vasta erudición, por necios cuyo discernimiento es de una bastedad – esta con be, como la onomatopeya del balido del carnero – apabullante.

Lo que no tengo claro es si la mediocridad de la jerarquía ha contagiado a las redacciones o ha sido la medianía de estas últimas la que ha encumbrado a puestos de dirección a algunos congéneres grises y anodinos. Ser mediocre, carecer de aptitudes relevantes, no es malo per se; de hecho, no hacerse notar, pasar inadvertido, puede ser hasta muy conveniente en algunas circunstancias. Pero no hablo de eso; a lo que me refiero es al desprecio al conocimiento y, sobre todo, a la exaltación de periodistas poco cultivados y sin consistencia intelectual, lo que obviamente reduce su capacidad para comprender y analizar lo que pasa alrededor, una cualidad  que forma parte indivisible de la esencia del periodismo.  

No tengo reparo en admitir que los periodistas sufrimos de metaignorancia, un padecimiento aún peor que la ignorancia. El ignorante no sabe, pero es consciente de ello y puede ponerle remedio; el metaignorante, sin embargo, desconoce su ignorancia, es decir, no sabe que no sabe. En contra del dicho popular según el cual “la ignorancia es atrevida”, algunos especialistas de la cosa mental sostienen que el ignorante duda de lo que sabe y sus dudas lo hacen ser prudente; el verdaderamente atrevido, dicen, es el metaignorante, que ni siquiera duda. El periodista metaignorante, por ejemplo, no distingue lo nimio de lo importante, ensalza lo banal, frivoliza con los asuntos que realmente tienen interés y ni siquiera domina el principal vehículo de la comunicación humana, la lengua.

Decía Arturo Arias (Gijón, 1920-1975) que un periodista es una portera con bachillerato, dando por sentado que la portera es por definición curiosa y cotilla y que el bachillerato era entonces algo serio. Supongo que lo que quería decir es que para ser periodista hay que tener curiosidad, mala leche y saber escribir, tres virtudes – sobre todo la última – que cada vez abundan menos en la profesión. Así, hay gente que se envenena por emanar gases tóxicos, bomberos calcinados en incendios provocados por pirómanos y presidentes democráticos que detentan el poder, creamos bancos de células particulares de cada persona, rescatamos cadáveres en vez de recuperarlos, cultivamos los preparativos que antes ultimábamos, hablamos de los mayores de 40 años en adelante, ponemos en evidencia lo que debe ser puesto de manifiesto, preferimos warm up y  safety car a vuelta de calentamiento y coche de seguridad o damos por cerrado un asunto poniendo punto y final. Vamos, ‘pa mexar y no echar gota’.

En un coloquio en el que participé hace diez años, Melchor F. Díaz alertó de que el mayor peligro para la profesión eran los actos convocados por todo tipo de colectivos y entidades, la mayoría sin ningún interés. Una década después, en efecto, la “agenda” elaborada por los jefes de propaganda de instituciones, partidos políticos, sindicatos, empresas y organizaciones de lo más pintoresco condiciona el quehacer de los medios de comunicación; todos nos vemos inmersos en una vorágine de convocatorias absurdas que, sin embargo, siempre tienen un hueco en los periódicos y las emisoras de radio y televisión. Son pijadas, pero resuelven el día a día de muchos periodistas que por comodidad y sin plantearse ningún conflicto ético tampoco dudan en utilizar tal cual los videos, los cortes de voz, las notas de prensa y las fotografías facilitadas por los émulos de Goebbels.

No es extraño, pues, que en medio de este panorama, donde priman los mensajes simples y se entiende la información como espectáculo de masas, no es raro, decía, que haya pasado inadvertida la propuesta fascistoide de la subcomisión del Congreso para reformar la Ley Electoral, en la que sus señorías plantean que la información electoral en las televisiones privadas se haga también con los mismos criterios que en las públicas. En la práctica eso quiere decir que, además de asépticas, el orden y la duración de las noticias dependen de los resultados de los comicios anteriores, no de su interés, lo cual pone en entredicho la función del periodista. La verdad, no veo ninguna diferencia con el control ejercido en el franquismo. Y aunque me parece indigno de una democracia, soy pesimista: nadie parece molesto. No necesito ser médico para constatar que el enfermo ya no vive, o sea, que está bastante muerto.

José Ramón Patterson

http://joseramonpatterson.wordpress.com/

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José Ramón Patterson

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