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martes 28 de septiembre del 2021
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Ovnis 15

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La siguiente información es extraída del pequeño libro del señor Mario Lleget titulado ‘Dossier Ovnis hoy’ con algunas modificaciones para su perfecta comprensión. Y tratando de resumir el contenido para que no sea tedioso el tema.

Sucedió el 25 de febrero de 1967, a las 9.30 de la noche. Don Jaime Ordovás Artieda, con nueve mil horas de vuelo, pilotaba un Caravelle en vuelo regular nocturno Palma de Mallorca-Madrid. Había despegado del aeropuerto de San Juan con un ligero retraso, y llevaba unos veinte minutos de vuelo cuando se encontró con un objeto que, durante rato, se hizo visible desde la cabina de mando de su avión. El insólito objeto se movía de unos 9,000 metros de altura, probablemente un poco por encima del Caravelle. Su aspecto era triangular y emitía una luz de color rojo intenso. Parecía que se hallaba frente a la cabina del avión y cambiaba de color, sin parpadeo alguno, de modo que en pocos segundos pasaba del rojo al blanco brillante, con un anaranjado intermedio. El tiempo que tardara en cambiar de un color a otro, perfectamente cronometrado, era de diez segundos. Con el segundo piloto, señor Carvajal, Ordovás hizo señales al extraño objeto, pero éste no respondió. Se encontraba a gran distancia, imprecisable por el radar de colisión del Caravelle, y su tamaño aparente era el de una naranja. Otro dato interesante es que se pudo averiguar que en aquel momento no había tráfico aéreo en la ruta que seguía el Caravelle. Y don Jaime Ordovás declararía poco después:

“No sé lo que era el extraño objeto, sino lo que no era; ni un avión, ni un globo-sonda, ni un aerolito” Y añadió: “Primero se alejó, pero sin desaparecer, hasta convertirse en un simple punto luminoso. Luego se acercó hasta la posición anterior y descendió, aparentemente, hasta casi tocar el suelo, subiendo de nuevo a velocidad vertiginosa (en cosa de tres segundos alcanzó 9,000 metros). Permaneció a nuestra altura otros ocho o nueve minutos, alejándose, después lentamente y empequeñeciéndose con la distancia, hasta desaparecer por completo. Entonces el Caravelle volaba ya sobre Castellón de la Plana. En total la observación duró unos 20 minutos”

El escritor Carlos Murciano, en una entrevista publicada poco después en el rotativo madrileño ABC, preguntó a Jaime Ordovás:

“- ¿Ha tenido usted alguna visión similar durante sus nueve mil horas de vuelo?”

“-Nunca – le contestó el piloto – Es la primera vez que me ocurre. Sin embargo, sé que entre pilotos de “Iberia” se han dado casos más claros que el mío”

Y la entrevista concluía con estas contundentes palabras del piloto:

“Me resisto a admitir la posibilidad de haber tenido un encuentro extraterrestre. Pero reconozco que la técnica que un objeto de estas características deja traslucir, debe ser excepcional. Sé un poco de astronáutica – dejo esbozando una sonrisa -, y jamás he oído hablar de una aparato con esta forma y esta movilidad”.

Y es que, a veces, los pilotos se enfrentan con casos en verdad insólitos, como el que ahora paso a relatar:

Con retraso y con fecha algo imprecisa, es decir, aproximadamente sobre los meses de Febrero a Marzo de 1977, nos llegaba esta noticia sobre un suceso insólito en toda la historia de la aviación española:

Un Caravelle de “Aviaco”, que hacia regularmente la línea Valencia-Bilbao, sobrevolaba, a las dieciséis horas cuarenta y cinco minutos, el bilbaíno aeropuerto de Sondica. Pero desde el control de tierra comunicaron que el aeropuerto estaba cerrado por malas condiciones de visibilidad. Entonces el aparato se dirigió hacia Parayas (Santander), que algunas veces se utiliza como aeropuerto alternativo. Cuando se encontraba en este rumbo, el avión penetró, a una altura de 4,000 metros en una extraña nube. Fue en ese momento cuando comenzaron a fallar los instrumentos de vuelo. El propio comandante del Caravelle, manifestaría: “Quedaron fuera de servicio los instrumentos integrales combinados con la brújula electrónica; también fallaron los HZ4, que hacen la veces de “horizonte artificial”. Y al mismo tiempo, el radar quedó desconectado y la radio bloqueada. No podíamos recibir llamadas ni cursarlas. Es decir, que no escuchábamos ni a Bilbao ni a Santander, y ellos tampoco podían oírnos a nosotros. Pero más sorprendente fue el inexplicable funcionamiento del DME, que es un aparato semejante a los cuentakilómetros de los automóviles. Es efecto – prosigue el comandante -, apenas entramos en aquella nube, el DME, al revés que es resto de los aparatos, siguió funcionando pero empezó a contar los kilómetros a la inversa. O sea, que si llevábamos en ese momento unos 40 kilómetros  (contados a partir de Bilbao), el DME no siguió la cuenta normal, sino todo lo contrario. Y ante nuestro asombro, empezó a contar 38, 37, 35, 34…, hasta llegar a 0. Y aún prosiguió contando ¡hasta 15 kilómetros más allá de Bilbao! Esto quiere decir que el cuentakilómetros señaló un “regreso” a Bilbao a partir de otros 15 kilómetros más allá… sin que pudiera producirse tal regreso, porque el rumbo que llevábamos era el de Santander. En fin, igualmente saltó el piloto automático, aunque, quizá cabe la posibilidad de que el fallo fuera provocado esta vez por las anteriores anomalías”

Pero lo más sorprendente viene ahora.

“Cuando por fin, salimos de aquella nube, todo volvió a la normalidad y de forma simultánea – continúa diciendo el capitán – Era incomprensible, porque de haberse tratado de un fallo interno, habrían saltado de inmediato las señales que denuncian las averías. Tampoco se registró ninguna señal de emergencia en el llamado “panel de pánico”. O sea que, una vez fuera de la nube, la totalidad de los instrumentos volvió a la normalidad, inclusive el radar y esta aparato, una vez desconectado, requiere varios minutos para su “calentamiento”. Sin embargo, a pesar de permanecer inutilizado alrededor de siete minutos – que fue el tiempo que el Caravelle voló realmente dentro de la nube -, al radar se puso a funcionar de inmediato, como si nada hubiera ocurrido”.

Cuando todo “volvió a ser normal” el avión pudo conectar, por fin, con la torre de control del aeropuerto de Santander, cuyos técnicos llevaban ya varios minutos tratando de localizar al Caravelle de “Aviaco” sin recibir señal alguna.

Pero cuando el asombro de la tripulación llegó al colmo, fue al observar que el tiempo empleado en este vuelo Bilbao-Santander había sido desmesuradamente largo, como de unos 35 minutos. ¿Qué había sucedido? ¿Cómo era posible esto, si el tiempo normal de vuelo entre ambas ciudades no pasa de 10 a12 minutos? ¿Qué había ocurrido en el interior de aquella nube?

Veamos ahora el extracto de una entrevista que miembros del CIOVE santanderino hicieron al mencionado comandante, extracto que tal vez servirá de respuesta a nuestra anterior pregunta.

-          “¿De qué forma era aquella nube”

-          “De tipo lenticular. Muy densa y con una fuerte luminosidad blanca. Era una nube muy larga. Necesitamos siete minutos para atravesarla” 

-          “¿A qué atribuye las causas de los sorprendentes fallos simultáneos en los instrumentos de a bordo y sin indicación de avería?

-          “No lo sé. Es imposible saberlo”

Esta es la “respuesta”, provisional si se quiere, pero no por ello menos ambigua.

En fin, observaciones de una nube de aspecto discoidal y fallo total e instantáneo del instrumental electrónico de a bordo… ¿fue tal vez un fenómeno electrostático? Quién sabe. A estas alturas parece que todo es posible. Pero lo que nadie ha podido explicar todavía es la mencionada “detención del tiempo”, o sea, la exagerada duración de un corto tramo de vuelo, como si el avión hubiese sido insólitamente frenado en el interior de la nube… o llevado en volandas por ella. Y ¿Por cuánto tiempo? Nadie puede decirlo, porque nadie lo sabe exactamente.

Continua.

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Acerca del autor

Andrés Arbulú Martínez

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