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domingo 25 de octubre del 2020
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De cuando aún amaba mi profesión

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De cuando aún amaba mi profesión

Tenía veinte años y una gripe inmisericorde cuando me ofrecieron mi primer trabajo en el diario El Comercio. Si menciono la gripe es porque recuerdo que casi me tuvieron que sacar a rastras de la cama, donde llevaba tres días postrado, para llegar a tiempo a la entrevista con Francisco Carantoña, el mejor director de periódicos que ha habido en Asturias. A Carantoña – que rehuía el trato amistoso haciendo honor al significado de su apellido: persona mal encarada – todo el mundo lo trataba de usted, y en el periódico sus subalternos se dirigían a él sin el menor atisbo de intimidad llamándolo don Francisco o director.

Conociendo su fama de persona distante y huraña parece justificado, pues, que acudiese a la cita bastante acoquiné, que es lo mismo que acojonado pero dicho finamente y en francés. La fiebre y los escalofríos provocados por la gripe tampoco ayudaban, la verdad, a mejorar mi ánimo, que acabó por derrumbarse cuando entré en su despacho y me senté frente a él en un sofá desfondado y tan bajo que mi nariz quedaba a la altura de la mesa. Asustado y todo, fui capaz de escuchar pacientemente la oferta y rechazar el trabajo sin que me temblase la voz. “Tú sabrás lo que haces, muchacho”, dijo él.

Fue la primera vez que rechacé una oferta de El Comercio, lo que en aquella época – finales de los años setenta – muchos interpretaron como una osadía; al fin y al cabo, aunque yo era una joven promesa sólo tenía veinte años, no había terminado la carrera ni había ido aún a la mili y la oferta era sustanciosa incluso para alguien de más edad: catorce pagas de unas 40.000 pesetas cada una y no sé cuántas medias pagas más. Para cualquier aprendiz de periodista, sobre todo siendo gijonés, trabajar en El Comercio era, además, la culminación de sus aspiraciones profesionales, así pues, ¿qué más podía pedir?

Pero la cuestión es que, como dije, yo tenía veinte años y algunos sueños. Y trabajar en El Comercio, donde la estabilidad laboral y económica estaban garantizadas de por vida, no era uno de ellos. El caso es que antepuse aquellos sueños a la seguridad y cambié un periódico sólido por otro que -  no lo sabía entonces – era una pura fantasía, el Asturias Diario Regional, un proyecto que ya nació con los pies de barro y apenas duró un año. Yo deserté de El paisín, como era conocido, cuando en plena agonía y con los acreedores haciendo cola dejé de cobrar y me ofrecieron irme a Región, un periódico de derechas con una venta ridícula que acababa de comprar una empresa vinculada a UCD, el partido de Adolfo Suárez.

Como El Comercio, Región tampoco formaba parte de mi imaginario y en cierta medida suponía un retroceso profesional que – temía - podía truncar una prometedora carrera como periodista tan sobresaliente como breve. No fue así. En Región hice un máster intensivo en periodismo y en tres años y medio aprendí casi todo lo que sé de esta profesión y de quienes la ejercemos; allí hice, entre otras cosas, un suplemento cultural que llegó a tener bastante notoriedad y publiqué decenas de reportajes y entrevistas con personalidades de relevancia nacional y mundial, e incluso alguna que otra primicia informativa, como la detención de los miembros de ETA p-m que habían atracado el Banco Herrero, entre ellos dos asturianos.

Otro scoop fue la revelación de que Hauke Pattist, un nazi holandés reclamado por su país, vivía en Oviedo desde 1956, donde dirigía una academia de idiomas y era traductor jurado del Ministerio de Exteriores. Pattist había sido condenado a cadena perpetua en 1948 por un tribunal de Leeuwarden. Cuando la Audiencia Nacional concedió su extradición a Holanda y ordenó su detención, en 1983, la policía se confesó incapaz de localizarlo, a pesar de que lo utilizaba habitualmente como intérprete. Región no dudó en denunciar la inoperancia y el desinterés de la policía, que finalmente se vio obligada a detenerlo. Pattist, casado con una asturiana y nacionalizado español, recobró la libertad  doce días después, tras aceptar la Audiencia que los delitos habían prescrito y, en consecuencia, revocar su decisión anterior.

Sin embargo, de lo que más orgulloso estoy es de haber trabajado en el único periódico asturiano y uno de los pocos españoles que se atrevió a editorializar contra el golpe de Estado del 23-F cuando nadie podía vislumbrar cómo acabaría. Desde aquel día, hace ahora treinta años, siento un enorme respeto por Juan de Lillo, director de Región, que, con dos huevos y quizá algo de inconsciencia, escribió un editorial – “La Constitución, ley suprema”, se titulaba – digno de figurar en los anales del mejor periodismo, tanto por su calidad como por su oportunidad y valentía. Antes de publicarlo, Lillo leyó aquel editorial en la redacción y ninguno de nosotros puso el menor reparo.

Con la espantada de Suárez se acabó el fondo de reptiles y la situación de Región, que nunca había sido buena, se agravó; el dinero de La Moncloa dejó de fluir, los nuevos propietarios se desentendieron y los antiguos se llamaron andana. Compuestos y sin novia, decidimos emplear el papel que quedaba en dar la lata a UCD durante la campaña electoral del 82. Y tanta dimos que hasta el ministro de la Presidencia, Rodríguez Inciarte, que confiaba en renovar su escaño, acudió al periódico a pedir comedimiento. Las críticas más feroces vinieron, sin embargo, de la propia profesión; los mismos que año y medio antes habían enmudecido con Tejero apelaban ahora a gritos al “sagrado principio” de la neutralidad. Tristemente, cogérsela con papel de fumar, bandearse como el corcho, tiene premio: todos han progresado.

Aunque perdí la oportunidad de trabajar a las órdenes de un magnífico director como Carantoña –  algunos ya sabéis mi opinión sobre la mediocridad de los actuales -, nunca me arrepentí de aquella negativa a El Comercio, a la postre la primera de tres. La última vez, vendido ya al grupo Correo (ahora Vocento), rechacé una propuesta para ser subdirector cuando dos botarates, dando muestras de una arrogancia similar a su imbecilidad, pretendieron hacerme un examen ideológico. “Soy un rojo asqueroso”, dije antes de dar el portazo. Tampoco siento pesar por ello: viendo lo que pasa hoy en El Comercio estaría asqueado si formase parte de su jerarquía, algo muy poco aconsejable cuando padeces de hernia de hiato.

José Ramón Patterson

http://joseramonpatterson.wordpress.com/

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José Ramón Patterson

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