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jueves 02 de abril del 2020
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Enfrentando las Sombras del Hábito

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Somos seres de hábitos, y cuando están registrados en nuestro subconsciente, funcionan en piloto automático y dan forma a nuestra vida, tanto en lo que pensamos como en lo que sentimos y hacemos. La fuerza que tienen es tan grande que no nos diferenciamos de nuestros hábitos y más bien dan forma a una imagen que nos creamos de nosotros mismos. A continuación compartiré el proceso vivido, lo más resumido posible, para que puedas percibir cómo se entretejen las experiencias y el efecto que tiene la forma en que las asumimos. Puedes relacionarlo con tu propio proceso, si deseas, porque finalmente, la vida de uno es la vida de todos afectada por circunstancias diferentes.

He vivido con la idea de que soy “gorda”, desde que recuerdo. Nunca fui un palillo de dientes, mi contextura es gruesa, pero tampoco era gorda. Era más alta y mucho más fuerte que las mujeres que me han rodeado, muy deportista, con musculatura dura. Pero claro, para el promedio de mujeres en este medio, era grande en la época en que crecí. Eso hizo que algunas personas me digan, cariñosamente, gorda. Esto se agravó con las reacciones que mi madre tenía conmigo. Ella quería lo mejor para mi, que, como es natural pensar, sería lo que ella consideraba que era lo mejor desde su punto de vista. La dinámica familiar es realmente la base de todo el potencial para crecer. Si todo fuera perfecto, no habría crecimiento, sería muy aburrido. Justo a mi madre, una mujer muy refinada y que se cuida mucho, le tenía que salir yo, una persona con tendencias totalmente opuestas a ella, no por rebeldía, sino por naturaleza. Desde pequeña me gustaba lo que la gente consideraba la “machonería” pues me encantaba estar subida en los árboles, estar en el campo jugando, investigando, imaginando. Me gustó siempre el deporte y la música. Tenía a mi padre que apoyaba la moción y, aunque pueda pensarse que mi tendencia surgía para agradar a mi padre, también podía haber tenido una tendencia para agradar a mi madre. Lo que es natural, cuando se es niño, es más fácil expresar, hasta cierta edad, quizás hasta los 5 años. Recuerdo que prefería disfrazarme de guerrera, con casco y espada en mano, que disfrazarme de barbie. No me gustaban las muñecas, me gustaban las pelotas, y cualquier cosa que me invite a jugar al aire libre. Entonces, entre sentirme más grande y fuerte que las demás, que me digan gorda y el deseo de mi madre por ponerme en dietas durante la adolescencia más la compra de pantalones apretados para aparentar menos grosor, definitivamente, crecí con la idea de que mi cuerpo es más grande de lo normal. En la adolescencia, cuando se formaron las caderas y los muslos de buena sagitariana, no sentía tanto el efecto femenino sino hasta cuando salía a la calle y cualquier cantidad de desadaptados salían con sus piropos vulgares y de contenido sexual que, realmente, me afectaron muchísimo. Sentía que ser mujer implicaba ser un aparato sexual para la satisfacción masculina. Tener un buen cuerpo servía para atraer a la sexualidad masculina y eso me espantó porque no quería que me vean como una cosa, quería que me vean como soy por dentro, lo que siento, lo que pienso y que sirvo para algo más que para procrear. Eso terminó siendo el acabose en la relación mía con mi cuerpo, y me generó mucha inseguridad. Tenía que protegerme y lo mejor fue seguir creciendo y siendo grande porque así era más fuerte y menos atractiva sexualmente. ¿Es que acaso no existen hombres que se fijen en algo más que los glúteos y los senos? Me gradué del colegio sin que un chico se interesara por mí, sea porque era más alta, machona o más fuerte. Luego fui a estudiar en el extranjero, me sentí muy aliviada porque había muchas mujeres altas y grandes como yo y, no solo eso, un chico se fijó en mí y se convirtió en mi primer enamorado. Pero me gradué y regrese al Ecuador para sentirme nuevamente extraterrestre. Nunca me sentí integrada a esta sociedad, pero la unión con mi familia era mayor a mi deseo de intentar hacer una vida en otro país. Seguía sintiéndome gorda aquí. Pero ahora que veo fotos de aquellas épocas, no me veo gorda para nada. La presencia de “gorda” o “gordura” siempre estuvieron presentes. Sobre todo porque mamá siempre sugería que adelgace unas libritas. Parecería que mi madre es la causante de mi condición, pero yo le atribuyo a muchos factores. Finalmente, la relación con ella es muy buena. No le quito su parte, pero más es cómo yo tomé las cosas y cómo me afectaron. A mi regreso, durante la siguiente década, tuve mi primer enamorado ecuatoriano, mal escogido como ha sido la trayectoria que, por cierto, tiene un vínculo con todo este tema. Vivía internamente el conflicto entre atraer hombres inadecuados para tener la excusa de no tener compromisos y desear una persona con la que si pueda tener el tipo de relación que quería. La base de esta dualidad era el miedo y la desconfianza en mi capacidad de discernimiento. Me volví a ir al extranjero para estudiar otra profesión, viví los años más intensos de transformación y búsqueda interior durante esos casi 3 años. Pero claro, aunque hacía ejercicio, igual subí de peso, algo muy fácil de lograr en USA. Al regreso tuve una de esas terribles relaciones con un falso profeta, del que hablo en mi segundo libro: De la oscuridad a la luz. Pensé que, por último, podía ser traicionada con pensamientos y sentimientos, pero no a nivel espiritual, y esta fue la farsa más grande que pude vivir en una relación. Ese hombre me atormentó, jugó conmigo, y con mi poca experiencia, no me daba cuenta de tanta falsedad. Después de esta situación empecé a engordar más y más, como unas 10 libras por año. Quería más protección, más castigo a mi misma por no haberme dado cuenta, y una forma de evitar que se me acerquen los hombres. Eso sumado al hábito del gusto por comer, pues no me costó mucho “engordar” y sostener la idea con la que había crecido sobre mi apariencia física. A pesar del sobrepeso, siempre tenía algún “levante” pero no confiaba en mi capacidad para discernir y ver la verdadera intención de los que se acercaban. La confianza se fue al piso luego de esa terrible experiencia con ese falso profeta. Me tomó casi una década recuperarla, trabajando en pos de la claridad.Durante este tiempo, fui 3 veces a una clínica para ayunar y que ayudaba a bajar de peso. La primera vez en 1987 o por ahí. Fue muy buena la experiencia pero no tanto en la bajada de peso sino en la experiencia interior. Quedé bastante bien por adentro y por afuera y, debido quizás a esta mala relación con mi cuerpo, la cultivación interior me resultó siempre muy fácil y fluida desde pequeña. Aun así, cuando regresé con el deseo de agradar a un chico que me gustaba, no vi resultados y poco a poco fui recuperando el peso. La tercera vez fue en 2007 y aunque había, hasta ese entonces, estudiado nutrición, no me entraba la idea de comer menos, pues saludable sí comía. Era una “gorda” relativamente sana. Jugaba tenis, hacía ejercicio y comía bastante. En 2008, conocí a otra persona que me movió el piso, pero para variar, relación de una sola vía. Quizás es de las personas que más me impactó con el tema de sobrepeso pues me rechazó desde el inicio. Cuando le dije lo que sentía, él me contestó: “no eres mi tipo de chica”. El impacto fue tal que me dio una lumbalgia terrible que me duró 3 meses, además de eso me dio neumonía. Impacto total puesto que había mucha empatía interior. Sentía una sensación de fracaso. Ese mismo año, antes de conocerle, tomé la decisión de trabajar en el tema de mi peso de forma más frontal. Hablé con cada miembro de mi familia sobre el impacto que había tenido las experiencias desde pequeña y fue, realmente, de las mejores decisiones. Además, observaba todo lo que podía sobre mi alimentación. Lo que sucedía es que cada que tenía momentos de ansiedad, recurría a la comida, podía comer y comer y no sentirme llena. La relación con este chico duró 2 años, y así como no podía encontrar la fórmula para cambiar definitivamente mis hábitos alimenticios, no tenía el valor, sabiendo que no era la persona con la que tendría una relación, para dejarlo ir porque las vivencias que experimentaba, al menos yo, me dejaban llenas de admiración y curiosidad porque la conexión era sumamente fuerte, a tal punto que, a distancia, podía sentirle como si estuviera frente a mí y llegué a ver su esencia como no me ha pasado jamás antes con nadie. Su rechazo sólo estimuló que suba de peso al punto que realmente sentí el exceso. Como he sido deportista, no sentía realmente la magnitud del sobrepeso, pero esta vez sí que lo sentí. Llegué a pesar 309 libras. Estos dos años, desde 2008 hasta 2010, leí mucho más sobre nutrición, intenté muchas cosas, hasta que un día, a finales de diciembre de 2010, simplemente dije: ya, hasta aquí llegaste. No puedes volver a decir que empiezas una dieta el lunes o mañana. No puedes volver a dejar para otro momento el cambio que tienes que hacer hoy y el cambio está en la mente, no en el estómago. He mencionado antes lo que muchas personas me sugerían que me haga la famosa operación para achicar el estomago, pero mi plan no era ir por el camino fácil, sino enfrentarme a mí misma y vencerme. Así como he trabajado tanto en mí internamente para abrir mis horizontes de percepción multidimensional, así mismo escogí hacerlo con el tema de mi relación con la comida. Empecé por observar lo que me impulsaba a servirme algo, las cantidades, y la velocidad en la que comía. Luego de observar todo eso, empecé a parar antes de servirme y preguntarme cosas como: ¿realmente quieres eso? Mira cuánto te sirves. Y mientras comía notaba el punto en que me sentía llena pero no como estaba acostumbrada: hasta reventar, sobre todo en eventos sociales que es cuando más ansiedad me da por comer. Esa observación diaria me llevó al punto de empezar a comer menos porque me servía conscientemente, no como reacción al hábito. Pausar antes de actuar, volver a aprender y reprogramarme, de eso se trata. Estoy sumamente sorprendida del cambio. No sucedió de la noche a la mañana sino que es consecuencia de haber trabajado enfocada en el tema desde hace 2 años. Tenía que llegar al punto de explosión. El otro día, a los tiempos que me dio hambre. Desayuné 2 huevos duros con 2 tostadas con miel. El rato del almuerzo, seguía llena, cosa que mi madre me insistía que me sirva más. Pero, no me dejé llevar siquiera por la tentación, sino por mi sensación de llenura. No sé exactamente cómo explicar el giro que se ha dado en mi mente al respecto, sólo sé que ahora lo veo de otra manera.  No estoy haciendo dieta, sino comiendo menos y la ansiedad de que sea menos no está. Me doy cuenta que todo está en la orientación mental, cambie ahí, y el resto siguió. Inclusive, yo siempre reaccionaba cada que mi mamá me decía algo sobre la comida. Esta vez, que almorcé con ella, me sorprendió notar que ya no me afectó algún comentario que hizo, sino que lo vi con total naturalidad. Esas reacciones mías son las que me están dando la pauta del cambio que se está dando. Además, siempre fue importante tener un referente que admire y valore que me de alguna pauta. Justo, durante las vacaciones de navidad, vi un programa de televisión en que estaban enumerando las personas que bajaron de peso y les entrevistaron. Ninguna de las artistas o personajes conocidos me llamo la atención.  Hasta que apareció Mónica Seles, una gran tenista. Ahí contaban como ella subió de peso después del atentado que sufrió en un partido y luego de eso murió su padre y ella contaba que acudía a la comida porque era lo único que le calmaba la ansiedad. Me identifiqué de inmediato con eso. Y cuando le pidieron que de un consejo, ella dijo: reduzcan 300 a 400 calorías diarias de lo que están acostumbrados a comer. No se tiren a matar, háganlo de a poco. Eso me llegó mucho porque venía de alguien con quien me identificaba, no solo en la relación con la comida sino en la relación con el deporte y llegó justo en el momento en que estaba lista para dar el giro, seguro que si era antes, no pasaba nada. En ese punto estoy, no sé si tenga o no recaídas, pero si sé lo que este momento siento, y es un gran sentido de sorpresa y admiración de la capacidad que tenemos para poder cambiar nuestra relación con lo que pensamos. Luego de mi última experiencia afectiva, siento inclusive más confianza en mí misma porque sé lo que vi, sé lo que viví y eso me devolvió confianza en ese espacio interno de la relación conmigo misma. Ya comentaré cómo se desarrolla esta nueva etapa. Mi intención en compartir el proceso personal es una manera de decirles que todo es factible y que para que muchas cosas se den y puedan darse cambios, hay realmente que trabajar con uno mismo, sin tirar la toalla, hasta que el cambio se manifieste y de ahí uno siente esa sensación de ser ilimitados, de gratitud, de sorpresa, de grandeza y de humildad, todo al mismo tiempo. Es verdad que todo está en uno, y sólo uno puede hacer algo por cambiar aquello que le afecta en su vida.

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Acerca del autor

Goy Paz, Terapéuta Psicosomática desde 1993. Conductora radial sobre temas de crecimiento personal desde 1988. Ha publicado 2 libros y 3 cds. Se especializa en Manejo de Estrés y Balance Emocional. Directora de Radio Serenidad y de Serenidad Spa Terap

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