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jueves 21 de marzo del 2019
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Viajando en bus

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El día de ayer martes 24 de enero del año en curso (2012), fuimos - mi esposa y yo -  por la tarde,  a visitar a una amiga de 81 años de edad que en el mes de diciembre del año pasado, sufrió un accidente en su domicilio. De la manera más tonta, realizando ejercicios físicos, perdió el equilibrio, cayó al piso y se rompió la cadera.

Esperanza Ruiz, es el nombre de nuestra amiga, que para mi esposa Adriana y su entorno familiar; es como si fuera un pariente más; ya que la madre biológica de Esperanza, fue muy amiga de la mamá de mi esposa. Entonces el lazo afectivo es muy fuerte.

Esperanza es profesora de historia y tiene varias obras escritas por ella y, es una persona con la que me gusta conversar. A pesar de nuestras discrepancias abismales en cuanto a temas ideológicos. Esperanza es atea, y yo soy una persona que está completamente seguro de la existencia de Dios. Pero aún así, le guardo una gran estima. Es una persona con la que se pueden conversar temas relacionados con la sociología, antropología, arqueología, filosofía, arte, política, historia, literatura, etc. Entonces; da gusto conversar con ella.

Bueno… pero la intención verdadera de este pequeño artículo, es narrar algo que pude apreciar en el transcurso de nuestro pequeño viaje al domicilio de nuestra amiga pariente.

En la avenida Arequipa, se puede apreciar una buena cantidad de microbuses que transitan por esta arteria, brindando servicio público de transporte. Ubicados nosotros – mi esposa y yo – en la cuadra 19 de la avenida, y para tomar rumbo hacia la cuadra 33, esperando el vehículo que nos transporte; abordamos uno de estos que a primera impresión nos dimos cuenta que era una unidad de transporte nueva. No sé si estos serán los “buses patrón” que se quieren exigir para el transporte público; pero de ser así, me parece excelente el vehículo en sí. Porque es espacioso y cómodo. Pero lo malo, es lo siguiente:

El bus es excelente; pero:… Es el mismo chofer imprudente para manejar, es el mismo chofer que frena bruscamente cuando los pasajeros están de pie, sin darse cuenta que existe una ley física que se llama inercia; el mismo chofer que maneja a alta velocidad sin pensar que puede causar un accidente vial.  Es el mismo cobrador con aspecto delincuencial, que grita desde la puerta de ingreso al vehículo los lugares por donde pasará el mismo; es el mismo cobrador que empuja a los pasajeros cuando están subiendo, y que es capaz de pegarte o bajarte del bus de un empujón si reclamas algo. Es el mismo radio o equipo de sonido instalado en el bus a todo volumen y suponiendo que a los pasajeros les tiene que gustar la misma música regetonera, que están escuchando tanto el chofer, como el cobrador. Es el mismo procedimiento de dejar a los ambulantes subir, para que vendan sus productos de marca chancho (de dudosa procedencia). Es como se dice: “la misma chola con diferente calzón” o “la mona aunque se vista de seda, mona se queda”.

El problema en el transporte público, nunca fue el tipo o modelo de vehículo para ser utilizados. Sino la calidad de las personas que darían este servicio. La calidad en la organización y formalización del mismo. Se llegó a pensar que cualquiera podía aprender a manejar un vehículo, y ponerse a transportar vidas humanas. Que cualquier delincuente podía después de salir del penal, ponerse a cobrar el pasaje en este servicio público. Y con el pretexto de “pobrecito, tiene derecho a ganarse la vida, e insertarse en la sociedad” aceptamos maltratos de esta naturaleza.

Mientras sigamos pensando que el más vivo o sabido triunfa en la vida, y no nos demos cuenta que esto conlleva al caos y el desorden; seguiremos sin podernos organizar, y formalizar un adecuado sistema de transporte público masivo en nuestra Lima Metropolitana.

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Acerca del autor

Andrés Arbulú Martínez

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