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viernes 30 de octubre del 2020
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Salvar el mundo a bocados

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Salvar el mundo a bocados

A estas alturas, si eres una persona comprometida con el medio ambiente, habrás leído infinidad de artículos sobre cómo un cambio en nuestra alimentación puede causar una mejora exponencial en la salud del planeta.

Y estarás confuso. Muy confuso.

No hay un consenso acerca de cuál es la mejor opción y cada cual expone argumentos que, a priori, resultan válidos y lógicos.

Entonces, ¿por qué solución optar? ¿Debemos dejar de comer carne? ¿Y qué hay del pescado, la leche o los huevos? ¿Es la agricultura dañina para el planeta? ¿Qué hacemos para alimentar a una población humana en continuo crecimiento y que cada vez vive más años?

Yo tampoco tengo las respuestas pero sí algunos datos muy reveladores.

Si quieres conocerlos, sigue leyendo.

La ganadería a estudio

El informe La larga sombra del ganado: problemas ambientales y opciones publicado en 2006 por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) planteaba que la industria ganadera producía un 18% de los gases de efecto invernadero de todo el planeta.

Más que todos los transportes juntos.

Este dato generó una importante alarma social que nos advertía sobre los problemas ambientales derivados de este tipo de industria.

Ante esta información, que tuvo repercusión internacional, parecería obvio que dejar de consumir carne es la clave para la lucha contra el calentamiento global, ¿verdad?

Pues no.

Tiempo después, Henning Steinfeld, autor principal del informe, desmintió esta información. A la hora de analizar el impacto de la ganadería en el clima, se tuvieron en consideración todos los factores que intervenían en su producción. No sólo se evaluaron las emisiones provenientes de los animales, sino también las producidas por la elaboración de fertilizantes, la deforestación para generar pastos o la producción de pienso. Sin embargo, en el análisis comparativo sobre el transporte, no se consideraron los mismos factores. Solo se tuvieron en cuenta las emisiones producidas por coches, camiones, trenes y aviones pero se ignoraron las provenientes de la fabricación y ensamblaje de piezas y vehículos y las del mantenimiento de carreteras e infraestructuras.

Las conclusiones, por tanto, estaban totalmente distorsionadas. Aunque la FAO reconoció su error, esta información ya había sido filtrada por los medios.

El daño estaba hecho.

De hecho, según los resultados de una investigación de la Universidad de Davis, California, si todos los estadounidenses adoptaran la práctica del meatless monday (lunes sin carne) apenas se produciría una reducción de los gases de efecto invernadero del 0,5%.

Bienestar vegetal

Aumentar el consumo de alimentos de origen vegetal es una de las mejores maneras de mejorar la salud. Este hecho, junto con una gran preocupación por el bienestar animal, está llevando en las últimas décadas cada vez a más personas a adoptar un estilo de vida vegetariano o vegano.

A través de este tipo de alimentación se procura minimizar la crueldad a la que están sometidos los animales que se emplean para el consumo y crear conciencia sobre un nuevo paradigma de respeto hacia ellos y una nueva conciencia medioambiental. No parece haber, por tanto, un conflicto moral a la hora de alimentarnos con plantas al no tener la consideración de seres sintientes.

Pero, ¿seguro que no lo son?

Las últimas investigaciones sobre la vida vegetal ponen de manifiesto que las plantas no son tan ajenas a las emociones como se podría pensar.

En un controvertido artículo publicado en 2006 llamado Trends in Plant Science, sus seis autores, expertos en biología y fisiología vegetal, defienden que las plantas son sensibles y capaces de responder a un gran número de variables medioambientales. En ellas se han identificado sistemas de señalización eléctrica y química homólogos a los que se encuentran en el sistema nervioso de los animales. Los autores también indicaron la existencia de neurotransmisores en plantas como son la serotonina, la dopamina o el glutamato.

Más allá de esto, un estudio de la Universidad de Missouri demostró que las plantas pueden sentir cuando se las están comiendo y que emplean mecanismos de defensa para tratar de evitarlo.

Agricultura destructora de ecosistemas

Lierre Keith, seguidora de la dieta vegana durante 20 años, propone replantearse en su ensayo El Mito Vegetariano la destrucción a la que ha sido sometido al planeta desde que la humanidad se convirtió en agricultora hace más de 10.000 años.

Sin comprometer los valores veganos de sostenibilidad, justicia y compasión, que para Keith son la clave de la supervivencia del mundo, en su libro reflexiona sobre las verdaderas implicaciones que tiene la agricultura por su propia naturaleza. El proceso de cultivo se realiza seleccionando un trozo de tierra que se limpia por completo de todo ser viviente animal y vegetal (incluso bacterias) y luego se siembra en él. Este procedimiento ocasiona deforestación y desplazamiento de especies.

En algunos casos, incluso, su extinción.

Indica, además, cómo tener acceso a tanta cantidad de alimentos ha provocado un crecimiento exponencial de la población humana que ha desencadenado un agotamiento de los recursos del planeta.

Siendo así, la especie humana no ha encontrado una forma de alimentarse que no produzca directa o indirectamente la muerte de otros seres. Para que las personas vivan otros tienen que morir. Por ello, desplaza el debate al hecho de la necesidad de ser más conscientes de cómo y qué comer y que ese proceso cause el menor sufrimiento posible.

Capitalismo feroz e hiperconsumismo

Durante la evolución de la especie humana se ha producido una progresiva separación de las sociedades y la naturaleza. Esta última, como indica la antropóloga Beatriz Santamarina, ha quedado relegada a parque naturales, espacios explotados y ocupados, meros paisajes.

Esta dualidad ha legitimado la mercantilización y comercialización de la naturaleza.

A su vez, el acceso continuo a los alimentos ha favorecido la superpoblación del planeta. El desarrollo de alimentos de consumo rápido y producidos industrialmente de manera que resulten más apetitosos ha arrastrado a la población a mayores índices de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares que nunca, como indican los informes que realiza anualmente la OMS.

Las personas han desarrollado una deseo irrefrenable de consumir compulsivamente que alienta y enriquece a la industria alimentaria y farmacéutica mientras que están cada vez peor nutridas y más enfermas.

Un estudio de la Asociación Americana de Psicología y otros estudios conducidos por expertos en todo el mundo ya indican que la generación X y los millenials sufren mayores trastornos mentales, estrés y ansiedad que las generaciones anteriores. Parte de esta ansiedad y depresión se traduce en un mayor consumo y desperdicio de alimentos, que se utilizan como comfort food (comida reconfortante) y no como mero elemento de nutrición.

Este hiperconsumo descontrolado, fomentado por el ansia capitalista de los mercados, deriva directamente en una degradación y explotación de los recursos, que cada año rebasa antes los límites de producción del planeta. Y aún los humanos siguen sin entender que la Tierra y ellos mismos coexisten como un solo ente interdependiente que necesita de todos los recursos expoliados para subsistir.

La alternativa vegana

A pesar de que el veganismo se ofrece como una de las alternativas alimentarias más saludables del planeta, según el estudio Vegetarian diets, low-meat diets and health: a review de la Universidad de Cambridge, los beneficios de las dietas vegetarianas son similares a los de las dietas basadas en un consumo alto en vegetales y que incluyen pequeñas cantidades de carne roja, pescado y lácteos. Sin embargo, una dieta vegana con una mala planificación en la que no se sustituyan los nutrientes esenciales que se encuentran en la carne puede llevar a importantes deficiencias de micronutrientes. Muchas veces adoptar este tipo de alimentación por moda sin la suficiente información y planificación deriva en importantes enfermedades.

Algunos de los problemas más habituales que experimentan los usuarios de este tipo de dietas son:

  • Las personas que practican el veganismo durante muchos años suelen reportar de manera generalizada una falta de calcio y vitamina D. El resultado de esta carencia es una peor densidad mineral ósea. El grupo de alimentación vegano reporta 3 veces más roturas de huesos que la población general, según indica el estudio Comparative fracture risk in vegetarians and nonvegetarians in EPIC-OXFORD.
  • Los niveles de Omega 3 y yodo también son más bajos comparados con los de personas que comen carne. Ambos elementos son esenciales para el buen desarrollo intelectual, motor y social.
  • La deficiencia más habitual y conocida entre los veganos y vegetarianos es la de vitamina B12. Los síntomas pueden ser muy graves y van desde cansancio y debilidad, hasta digestiones pobres y retrasos del desarrollo en niños pequeños. La deficiencia de B12 sin tratar puede derivar en un daño nervioso irreversible.

Incluso aunque todo el mundo adoptara dietas veganas perfectamente controladas y saludables, aún así tampoco se pueden transformar todas las tierras que se utilizan para alimentar al ganado en terrenos de cultivo para alimento humano. Según la FAO, casi el 70% de las tierras agrícolas del mundo sólo pueden ser utilizadas como tierras de pastoreo para rumiantes.

No está de más tener en cuenta que la ganadería es el principal sustento de mil millones de personas en todo el planeta, sobre todo en países en vías de desarrollo.

Y entonces… ¿qué hacemos?

Aunque no hay una única respuesta a esta pregunta, las personas van teniendo a su alcance más y mejores opciones.

Casi 40 científicos de distintas áreas y provenientes de 16 países del mundo han publicado en la prestigiosa revista The Lancet lo que los medios han llamado “la dieta de la salud planetaria”. También es frecuente encontrar este mismo concepto bajo el término “reducetarianismo” o “flexitarianismo”.

Básicamente, consiste en reducir drásticamente el consumo de carne roja a una vez a la semana. Complementar el resto de la semana con pollo, pescado y huevos en pequeñas cantidades pero, sobre todo, que la mayor parte de la dieta consista en frutas y verduras sin olvidar incluir una buena cantidad de legumbres y frutos secos.

Si lo que más te preocupa es el bienestar de los animales cuya carne consumes, una buena opción sería optar por comer carne de pastura (vacas, cerdos y pollos). Al no estar estabulados y poder pastar libremente, estos animales gozan de una enorme calidad de vida y pueden completar sus ciclos naturales. Están, además, exentos de las enormes cantidades de antibióticos a los que se somete a los animales en producción extensiva y, al pastar, permiten que el suelo se regenere continuamente.

Desgraciadamente, ningún tipo de alimentación está libre de sufrimiento ni va a acabar con el calentamiento global. Ninguna opción es perfecta. Pero sí hay alternativas mejores que otras. Y tienes a tu alcance la información que te va a permitir tomar mejores decisiones para tu salud y la del planeta. Cada persona debe aceptar su parte de responsabilidad.

Ahora que sabes todo esto, ¿qué vas a hacer tú?

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Artículo escrito por Olga Ruano

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