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martes 24 de noviembre del 2020
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La etnografía como trabajo de campo en enfermería

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La etnografía como trabajo de campo en enfermería

El planteamiento de investigación etnográfica se puede abordar desde el estudio dentro del campo de la enfermería y, cuyo escenario es el propio medio hospitalario, donde los protagonistas son el equipo multidisciplinar compuesto por médicos, enfermeras y auxiliares de enfermería de los distintos turnos de la unidad de hospitalización. Un estudio centrado y enfocado en el liderazgo de la enfermería en la calidad asistencial, todo ello gestionado mediante técnicas de observación participante y encuestas semiestructuradas.

Atendiendo al planteamiento que la investigación que puede desarrollarse puede ofrecer un notable éxito, y a pesar que la puesta en escena de las actividades de la investigación desde un punto de vista teórico son verdaderamente razonable y permiten una amplia validación de datos posteriormente susceptibles de ser recogidos para su análisis y presentación de la información, -con fines meramente estadísticos, socioeconómicos o de calidad asistencial-, no resulta fácil realizar el trabajo de campo por los propios protagonistas.

Si abordamos de forma inmediata y consecutiva a un equipo sanitario multidisciplinar en sus tareas cotidianas, tanto de ámbito sanitario como de índole administrativa, lo más probable es que surjan conflictos entre el personal facultativo y sanitario no facultativo y los integrantes del equipo observador, así como el propio investigador. Posiblemente surgirían controversias, conflictos de intereses, rechazo y la desagradable sensación de que un personal externo a su unidad si inmiscuye en su quehacer diario, toma notas, atiende a todo lo que realiza, lo valora y analiza. El personal sanitario en estudio y por muy profesional que sea, se sentirá agredido, unos en mayor medida, otros de forma más liviana, pero en el fondo todo ser humano que se siente estudiado durante la realización de sus tareas, demuestra un cierto grado de insatisfacción y desagrado.

Una constante observación procura que el observado se muestre violentado, aunque esta sea activa, pretenda y consiga ser colaboradora, no deja de ser una “molestia”, una imposición desde una jerarquía superior de la organización sanitaria y que lógicamente representa sin duda alguna una invasión del territorio y por tanto del hábitat de trabajo de unos cuantos profesionales de la salud. Si bien en el artículo se declara de forma explícita que hubo “una neutralización de la presencia observadora”, en mi reflexión me atrevo a afirmar que no es del todo cierto, que debe resultar imposible una neutralización total.

A pesar que en una unidad de hospitalización existe un equipo multidisciplinar formado por facultativos, personal sanitario no facultativo y técnicos sanitarios entre otros, que debería trabajar de forma coordinada, con una comunicación eficaz entre los integrantes del equipo y, siendo esta la pauta obligada para una buena práctica sanitaria, con demasiada frecuencia se puede observar que no se desarrolla así, que se carece de comunicación, existen barreras comunicativas entre rangos jerárquicos, por miedo a la intromisión, por miedo a sentirse observados, valorados y en determinadas ocasiones ser puestos en tablas de juicio las técnicas realizadas. Desgraciadamente, hoy por hoy aún existe en nuestros centros sanitarios una falta de interacción entre los componentes de un equipo multidisciplinar y la relación de dependencia entre sus miembros. Con demasiada frecuencia se pueden observar conductas asertivas de facultativos, actitudes pasivas por parte de enfermeras y frustración del personal auxiliar de enfermería, lo que conlleva una pérdida de interés por pertenecer al grupo y en consecuencia una ineficaz asistencia sanitaria por parte del equipo.

Arrastramos un sistema cultural e histórico que ha fomentado esa incapacidad y falta de voluntad para ser integrantes, aun manteniendo cada uno su rol laboral y profesional: El médico siempre se consideró como un “dios”, la enfermera como una simple “ayudante” y la auxiliar de enfermería poco más que el tan necesario “personal de limpieza”. Este contexto social que hemos vivido y seguimos viendo con nuestros profesionales de la sanidad tiende a cambiar, pero las pautas siguen siendo de una jerarquía sanitaria absolutista a grandes rasgos. Para quien trabaje en un centro sanitario le resultará fácil reconocer que la tendencia es así, y que a pesar de las nuevas generaciones, aún arrastramos esta predisposición involutiva de estatus social estrictamente equívoco.

No es de extrañar por tanto, que en estos ámbitos de trabajo, la observación extraña aún con fines de estudio sociológico y estadístico, pueda representar una amenaza constante. Para muchos podría equipararse a tener encima en todo momento al supervisor/a de la unidad inspeccionando si en cada procedimiento se cumple o no el protocolo de actuación. Cuanto más, si la observación se amplia a los tiempos de ocio y descanso, a las reuniones y conversaciones para establecer diagnósticos y coordinar tratamientos, y a los espacios dedicados a cumplimentar los documentos medico-administrativos.

Gemma Llauradó

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Acerca del autor

Gemma Llauradó Sanz

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