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martes 07 de abril del 2020
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¿Hasta cuando debo seguir en esta relación?

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Toda sana relación debiera acabar cuando por algún motivo nos impide seguir creciendo.

Enseñar a nuestros hijos significa educarlos para ser independientes, y como parte obligatoria de esa enseñanza dejarlos partir hacía una búsqueda de identidad propia.

Y esa identidad propia trascendida a las erróneas identificaciones a las que vivimos sometidos, es la que debería acompañarnos durante toda nuestra vida. No hacerlo así, es vivir una vida inconsciente y a la deriva.

Mantener una relación con nuestro cónyuge o persona amada, debiera dar pie a permitirnos ser como somos sin

instarnos constantemente a hacer aquello que libremente no escogeríamos estar haciendo.

Por supuesto el amor y la convivencia implican concesiones, negociaciones,postergación o incluso renuncia de

nuestros deseos más puntuales en busca de la satisfacción del otro.

Entonces ¿Cuál es la diferencia? ¿Se puede renunciar a nuestros deseos sin lastimar a nuestra independencia?

La clara línea, es la de no sentirnos forzados. Si vas a hacer algo que significa una renuncia para ti,

evalúa lo que dejas atrás y lo que obtienes y hazlo si en tu acción está para ti clara la recompensa. ¡No construyas una vida llena de amargos reproches, basados en manipulaciones!

El problema no es la relación en si, y por tanto el hecho de abandonarla tampoco va a dar por resuelto el conflicto. Si no resuelves aquello que debe ser resuelto en ti, arrastraras tu lastre como una pesada carga.

Las creencias erróneas y el eximirnos de nuestras acciones tejerán alrededor de esa relación y de cuantas otras toquemos el mismo y repetitivo patrón...

¿El o ella te hace infeliz? ¿De veras piensas que alguien o algo tiene ese poder sobre ti?

Toma consciencia de lo qué eres, de quién eres, conócete más y más y no derives la responsabilidad de tu felicidad sobre absolutamente nada ni nadie.

Transformarnos en seres independientes nos conduce a un encuentro con lo que somos, teniendo así la posibilidad de

vivir una vida propia en la que escoger nuestros comportamientos más adecuados sin ninguna coacción.

Pero la tarea no es fácil; social y culturalmente se nos enseña que debemos cumplir con aquello que se

espera de nosotros. En la mayoría de ocasiones ni siquiera tomamos consciencia hasta una etapa de

avanzada “madurez” de que vivimos nuestras relaciones bajo una constante sombra de obligaciones forzadas que nosotros nos hemos construido bajo premisas ajenas.

Proclamar nuestra independencia, no significa abandonar las relaciones, sino  responsabilizarnos sobre cada una de ellas de manera consciente y controlada, empezando por la relación con nosotros mismos.

Aferrarnos a alguien o algo psicológicamente, implica culpa, dolor, frustración y dependencia y  muy posiblemente rencor.

La independencia en nuestras relaciones se forja en la libre elección, el respeto hacía uno mismo y su entorno, solo así el amor puede crecer y acercarnos a relaciones en la que la inter actuación nos conduzca a cumplir nuestros sueños y metas; y

no a su renuncia.

¿Aún crees que tienes la posesión de lo reclamado?   Nada más erróneo.

A menudo acabamos por aferrarnos a aquello que amamos con el deseo de no variarlo. Pero la vida

significa evolución, movimiento y el sólo hecho de intentar permanecer anclados hace de nuestro fin inicial una meta

olvidada.

Aquello que empezó siendo amor ha sido absorbido por miedos e inseguridades, para terminar convertido en un lazo asfixiante con el que deformar la belleza.

Nuestra independencia empieza a escucharse cuando cada uno de nosotros permite ser lo que otra voluntad que no la nuestra, quiere y desea ser, sin imponer más exigencia ni expectativa que la de seguir amando, creciendo y sonriendo a la

propia vida sin temores.

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