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martes 22 de septiembre del 2020
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La vara de avellano

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Mi incorporación al colegio fue más bien tardía. Después de un breve paso por la escuela de la Indiana (cerca de donde vivía mi tía Anita), se ve que mi tío Rafael, autodidacta él, tenía bastante influencia en la familia y dijo: El niño a la escuela de D. Manuel. Y así fue. Me trasladaron a otro centro rural, situado en la Estación de la Indiana.

Venía D. Manuel todos los días de Ronda, con su seiscientos, que lo aparcaba siempre en el mismo sitio. Era un maestro de costumbres fijas, como la utilización diaria de una vara, de las de antes, de madera de avellano, construida, probablemente, por artesanos en las profundidades del Infierno. En manos de D. Manuel, la vara ocasionalmente servía como herramienta didáctica, para señalar el punto exacto del Valle de los Caídos o donde nació D. Pelayo.

Junto con la tiza, el borrador y la regla, frecuentemente la vara de avellano era utilizada como proyectil, lanzado desde su estrado hasta cualquier punto de la austera, hambrienta y acongojada clase, por muy recóndito que estuviera el punto elegido, el impacto era certero. Eso sí, siempre, siempre, siempre, la usaba para tañer y, sobre todo, redoblar en nuestras azoteas. Se ve que otra de sus costumbres o gustos era la Semana Santa, porque no hacía más que tamborilear la música de los distintos pasos en las crismas del alumnado. ¡La letra con sangre entra!, decía, pero por más que repicaba en mi cabeza, mi tartajeo no se quitaba, todo lo contrario, se acentuaba.

Eran otros tiempos, lo sé. Entonces, al menos en el campo donde me crié, se estilaba la regla y la vara en la escuela y la correa, el látigo, la soga de la mula o el espino en las casas (por poner unos ejemplos). Por eso, ahora, cuando veo a una madre darle un tortazo a su hijo en la guardería, o las imágenes de violencia a un profesor de instituto, o la humillación en una pandilla de niños, algo dentro de mí se remueve y la sensación de tristeza e impotencia me hace llorar.

Pero lo anterior no es excusa para no practicar el raciocinio, argumentación, entendimiento, información, con nuestros hijos. Sé que no es la panacea, pero, por ejemplo, a mí me viene muy bien programas como Súper Nani o libros como: Duérmete Niño (Dr. Eduard Estivill y Sylvia de Béjar, edit. Plaza y Janés), Enséñale a aprender (Mª Luisa Ferrerós, edit. Planeta Prácticos), Cómo ser mejores padres (Reynold Bean, edit. Debate), Cómo desarrollar la creatividad de los niños (Reynold Bean, edit. Debate), Guía para entender a tu hijo, del Centro Yale de Estudios Infantiles (Linda C. Mayes y Donald J. Cohen, edit. Alianza Editorial), Momentos Clave en la vida de tu hijo (T. Berry Brazelton, edit. Plaza y Janés), etc.

Procuro practicar las ideas, rituales y prácticas que, estimo, pueden ser proactivas en el desarrollo afectivo y de relaciones de mi retoño, aún sabiendo que en el exterior, posiblemente, se va a encontrar todo lo contrario. Con esta orientación y tutoría, ¿le estaré perjudicando en vez de beneficiando? Siempre queda esa incertidumbre. En el corto plazo, algo podría afectarle, coyunturalmente, dependiendo de la convivencia con sus docentes, sus amistades, ... Pero en el largo plazo, creo que, globalmente, le va a beneficiar en su acercamiento al perfil de individuo social ¿Redundancia? Tal vez, pero, en todo caso, inevitable.

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