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domingo 19 de enero del 2020
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"Todo va a terminar bien"; un optimismo condenado

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Nada es casualidad, tampoco el conocer o encontrarnos con determinadas personas. Tampoco que tengamos problemas con nuestro vecino o que nos entendamos mejor con un compañero de trabajo. Posiblemente nos volvemos a encontrar ahora para aprovechar la oportunidad de acabar con tareas pendientes de encarnaciones anteriores. ¿Cómo? Tomando en serio a nuestros semejantes, por ejemplo, escuchándonos mutuamente y ante todo, perdonándonos recíprocamente.

Si consideramos que aquello que nos sucede en esta vida tiene a menudo causas atribuibles a una encarnación anterior, veremos también a Dios de modo muy distinto. Ya no Le acusaremos tan fácilmente de por qué nos sucede esta o aquella «injusticia», y por qué nos ocurre precisamente a nosotros, sino que reflexionaremos hasta qué punto el golpe del destino que nos afecta actualmente se debe tal vez a energías negativas que emitimos en el pasado y que ahora vuelven a nosotros.

Después de la muerte, el alma pasa a los ámbitos del Más allá. Si se va a los niveles más inferiores porque está muy cargada, entonces se encuentra aún atada en la rueda de la reencarnación. Si el alma se ha tornado más luminosa, entonces se ha liberado de dicha rueda y asciende a niveles más altos, a los llamados niveles de preparación, para dirigirse desde allí paso a paso al Hogar eterno que una vez abandonamos.

Ninguna energía se pierde, tampoco la de nuestros pensamientos, palabras o formas de actuar. De esta forma, tal como las energías sean, positivas o negativas, tienen su efecto  posterior, ya que con dicha energía imprimimos “sellos” a nuestra alma. Estos sellos permanecen en el alma también después de la muerte.

Pero veamos también en la reencarnación la gran misericordia de Dios, ya que en la vida recibimos impulsos para que nos arrepintamos y poder purificar así las cargas negativas creadas, antes de que vuelvan como efectos a nosotros y surja una desgracia, quizás una enfermedad. Afrontar y poner en orden lo que nos muestra el día hace que las cargas en el alma se disuelvan a tiempo y no caigamos en un golpe del destino.

Ésta es la enseñanza optimista que da esperanza y que fue enseñada en el siglo III d.c. por Orígenes. La misma que en el Concilio de Constantinopla fue condenada y maldecida. No sólo aquella que decía que el alma ya existe antes de su nacimiento, sino también su optimismo sobre que al final todo terminará bien, que todo volverá a Dios. Esto también lo condenó la Iglesia para poder atemorizar a sus fieles con un infierno, algo incompatible con el Dios del amor, que no desea mal alguno a ninguno de Sus hijos.

Vida Universal

José Vicente Cobo

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www.vida-universal.org

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