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lunes 25 de marzo del 2019
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Jaime Rengifo, un querido periodista

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Jaime Rengifo fue por año uno de los periodistas de más audiencia en el departamento de la Guajira y durante su carrera fue odiado por unos, temido por otros y admirado por la mayoría.

¿Por qué los oyentes de las emisoras donde Rengifo trabajaba, lo querían tanto? La explicación es sencilla: decía lo que el humilde hombre de la calle, el ciudadano de a pie, el hijo de vecino, diría si tuviera la oportunidad de hacerlo a través de los medios de comunicación.

Y lo decía sin maquillajes ni suavizantes. A esta actitud algunos la llaman valentía, otros, imprudencia.

Cualquiera que sea el calificativo para esta manera de ejercer el periodismo es importante recordar cómo murió el periodista: asesinado por un sicario en el lobby del hotel donde se alojaba, un 29 de abril del año 2.003.

De momento no se conocen los resultados de las investigaciones realizadas por los organismos competentes, por eso no se conoce la identidad de los autores del crimen.

Si bien no se conoce el «quién» todo el mundo supone el «Por qué» (Como si hubiera un por qué para que le quiten la vida a alguien: Lo mataron por decir la verdad y decirla sin maquillaje.

Asesinar a los periodistas es la peor forma de censura hacia los medios de comunicación.

Las dictaduras se proveen de mecanismos para limitar la libertad de expresión: los tiranos saben que si el pueblo conoce la verdad, la verdad lo hará libre.

En las naciones civilizadas se expiden leyes destinadas a proteger la libertad de expresión y en algunos casos las normas en este sentido se han consignado en la misma

Constitución Política.

Sin embargo, la amenaza para el ejercicio de este derecho no proviene de los tiranos de la edad de las cavernas ni de los dictadores de mano dura y corazón de piedra.

Hoy, las limitaciones provienen de una parte de las presiones económicas sobre los periodistas y los medios en que trabajan y de otra de las amenazas a la integridad física y a la vida de los comunicadores.

Para los periodistas de provincia su labor no es fácil. Por una parte cumplen con su labor primaria de visitar las fuentes, escribir las noticias y publicarlas, y por la otra deben «financiarse» es decir, vender los cupos publicitarios con los cuales se les paga su trabajo.

Y la venta de los cupos distrae la labor principal del periodista y lo hace vulnerable ante las exigencias de los anunciantes quienes, en algunos casos, suelen ser directa o indirectamente los protagonistas de las noticias.

De otra parte están las amenazas y en algunos casos, los hechos.

Por eso, la forma más preocupante de restricción a la actividad de quien ejerce el periodismo no es el dictador o el tirano, sino la autocensura.

Voltaire dijo: «No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero estoy dispuesto a dar mi vida por defender su derecho a decirlo». Y los periodistas saben que el Estado le ofrece todas las garantías legales. Pero por las salas de redacción sigue rondando el fantasma de Jaime Rengifo y nadie quiere repetir el final de su historia.

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