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sábado 22 de febrero del 2020
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Desde la ventana de tus ganas

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No te voy a mentir, porque he vuelto a todo eso que me hace llorar, pero creo que la única manera de echarte, es demostrarte que ya no estás; o aliviar mi conciencia convirtiedote en una terapia de choque. No te confundas, que yo sola puedo chocarme contra la pared; pero prefiero, hacerlo contra ti. Hoy el frente eres tú , puede ser porque no me hayas pasado por la mente, y al segundo siguiente haya entendido que tengo que dejar de luchar, de nombrarte, y de reírme de lo patético que suena tu nombre; cuando en realidad lo que suena patético es mi voz susurrando tus tres letras.

Que voy a contarte de mis gemidos, que tú no sepas; de los de dolor, pero también de los de placer. Placer porque nunca había llegado hasta ese punto ( y si fue así tú  me hiciste olvidarlo todo); placer porque el sol nos calentaba, y a veces se hacía de noche de un momento a otro. Me perseguías riéndote de mis historias; y con historias me di cuenta de que no solo eras lo que querías que viera, sino todo aquello que no me enseñabas o que los demás no querían ver. Menuda imagen que dabas, todo el día colgado de una botella, y de buenas a primeras, te pasabas el día colgado de mis sonrisas a las que no parabas de mirar como si te hubiese dado un apagón en el cerebro. Jure muchas veces, que en ese momento podría haberte comido a mordiscos, aunque después de muchos mordiscos, podría hacer de todo, menos comerte. Lagrimones que se nos consumían en el sitio de siempre, porque había mucha incomprensión pero volver a casa con tus fantasmas no era lo mejor para mi, que ya venía con un montón de mierda bajo las pestañas; que ya había llorado demasiado y que quería empezar el año con buen pie; a ser posible con el derecho; porque la verdad es que solo tú me hacias caminar con el izquierdo, y al contrario de lo que pensaba antes de ti, tampoco era tan malo. Si me quejaba de tu sangre envenenaba y casi yo te la envenenaba más después de un concierto y unos cuantos besos que nos sabían a más ganas todavía. Hemos pasado por muchas cabezas, e incluso puede que yo por unas cuantas más; pero me enseñaste a no dejar las ganas en la puerta, que entraran por la ventana, se sentarán en mi sofá y me hicieran perder la inocencia, porque ya iba siendo hora, que las mosquitas muertas, son de todo menos moscas; y viven tanto que nadie diría que estaban muertas. Me encontraste entre todo lo que había dado y no había conseguido recibir; no quería saber de nada, y las risas fueron a tu costa; porque como tú podrías tenerme loca a mi, si lo máximo en lo que nos parecíamos era en lo cachondos que nos ponía el llevarnos la contraria, el arrasar con principios, el escondernos de la realidad. Pero la realidad siempre es la más inoportuna de la historia y tardó años en llegar; avisado estabas, de que yo luego no iba a querer tus ausencias, que qué bien me vendrían ahora las 6 horas estúpidas al teléfono, el huir de ti sobre el césped; que me lanzaras a la piscina bajo la mirada atronadora del socorrista. Pero jodida estoy y joderte te he jodido, sin haber jodido de verdad, que es en lo que pienso muchas veces; que ahora tu vida ajena totalmente a la mía, de manera paralela, que dudo que se vuelva a encontrar. Que puede que no hayamos perdido las ganas, porque te aseguro que las tengo todas guardadas en tu frasco de colonia;  que se acabo es la manera más acertada de asegurarte que no apareceré más. Que esto tampoco es un testamento, pero para vivir uno debería morir el otro, o algo similar; que no somos compatibles más que en el cuerpo a cuerpo, y ahora mismo, no estoy preparada para luchar.

Espero que dejes tus fantasmas a un lado, que no seas tonto, que te conviertas en todo lo que puedes llegar a ser. Y que te quiero, desde la ventana de mi habitación; de eso, no lo dudes pichón. 

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