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viernes 27 de noviembre del 2020
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Lo que va después de google

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Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza.

Fragmento del cuento “La Biblioteca de Babel”, de Borges.

Nuestro Mundo, este que miramos a través de pantallas, es cada vez más inmaterial, pero sólo en apariencia. La Biblioteca que Borges ficcionó abre sus puertas tal que portentoso espectáculo ante los incrédulos ojos de los habitantes, todos nosotros, insertos en el gran cerebro apenas recién nacido que es la Red.

Los vaticinios se van cumpliendo. La Era digital ha dado comienzo, no hay nada que no pueda ser y no sea de alguna u otra manera digitalizado. El volumen de contenidos conforma un paisaje inabarcable. La montaña de palabras virtual crece a cada segundo pasa, y no tardará en elevarse de manera exponencial a medida que el acceso a Internet se populariza.

Deberíamos alegrarnos. No sólo por la posibilidad cómo individuos de compartir nuestros propios conocimientos, impresiones, sentimientos, creaciones… con el resto de los miembros de la Red, también por el simple hecho de disponer libremente de lo que los demás nos brindan. Sólo la cultura da libertad, dijo Unamuno, y aunque el contexto social puede haber mejorado mucho desde entones en una pequeña parte del mundo, esta idea sigue siendo la mayor esperanza para buena parte del planeta.

Sin embargo, no todo es conocimiento en esta gran biblioteca virtual, y no todos los conocimientos contenidos se sitúan al mismo nivel, a pesar de que a simple vista exista una única superficie habitable. De hecho, aunque el universo que conforma la red sea una simple línea compuesta por infinitas variaciones de letras (la barra de nuestro navegador), en el espacio interno que configura esta única dimensión conviven múltiples formas de utilizar la comunicación, y también variadas filosofías subyacentes.

Nada tiene que ver Wikipedia con Yotube, o cualquiera de ellas con Ebay, a pesar de que en las tres la materia que las conforma y da sentido sea el conocimiento, entendido este como información valiosa para el lector/oyente/vidente. Estableciendo un paralelismo analógico podríamos comparar esta situación con la de un gran teatro en el que se entrara por multitud de puertas, y en el que una vez en su interior se pudiera acceder a contenidos análogos (aunque sólo en desde su sintaxis) mediante muy diferentes pasillos. Al llegar a cada puerta nos encontraremos con algunas palabras claves, podemos entrar o pasar de largo, dependiendo de la calidad de nuestra búsqueda.

¿Pero quién nos guía en nuestro paseo? La respuesta es obvia. Los buscadores. Google se ha alzado como el primer motor de búsqueda de contenidos. Un potente robot se encarga de indicarnos el camino a través de una simple pregunta, las palabras que escribimos en la barra del buscador. La generalización es evidente. Google, Yahoo, Amazón…, no distinguen la tipología de los contenidos, nos muestran la superficie de la montaña ordenada según un baremo artificial, el range page. Un método que trata de ordenar una inmensa lista, a veces constituida por millones de resultados.

¿Pero cómo funciona el range page? Este es un sistema patentado por Google que basa su éxito en una de los conceptos más usuales del capitalismo: la libre competencia y la democracia establecida. Son las páginas que más enlaces externos tienen, las que más se renuevan, las que más contenido original tienen, las que se promocionan y autopromocionan, las que se anuncian en el propio buscador, las que no tienen competencia en su especie (es decir, las más votadas por el público y por el comité organizador), las que aparecerán en los primeros puestos de la lista.

La sensación que el internauta tiene al navegar es que Internet es el medio y Google el contenido. De hecho, la apropiación de esta palabra por parte del buscador también ha influido en la sutil variación de su significado (Adsense es considerado por Google una útil herramienta para ganar dinero a través de contenidos). No puede considerarse inocente tal terminología, como tampoco es inocente la “política” de los buscadores. Su técnica consiste “a grosso modo” en lograr efectividad sin que tal efectividad evite un paseo, más o menos largo, por la pantalla de nuestro ordenador, en la que (¿no lo habíamos advertido hasta ahora?) lo que nunca falta es la publicidad.

Paralelismos con la realidad tangible la encontramos en las grandes superficies, en las que sería sencillo establecer un orden alfabético a modo de biblioteca, de tal modo que las conservas estén en el pasillo C, y los productos de limpieza en la L. Una vez aprendido el modo de clasificación, nos sería fácil y cómodo encontrar cada cosa en una rápida visita. Pero cuanto más tiempo pasemos al hipermercado más opciones hay de compra, y este es el motivo del ligero desorden. Algo similar sucede en la Red. No sólo gana quien recibe visitas útiles (que pinchan en los enlaces adsense y de otro tipo), también Google (el virtual dueño del hipermercado) gana a costa de quienes tratan de hacerse visibles en la Red mediante sus anuncios de pago.

Un ejemplo para un motor de búsqueda inteligente sería sin duda establecer niveles, de modo que el visitante pueda seleccionar de entrada el tipo de puerta que desea abrir. Pero a día de hoy, Google no parece interesado en facilitar el trabajo a los navegantes, más cuando en lo que se refiere a información genérica de datos, cualquier buscador es relativamente efectivo. De hecho, da la impresión, por los continuos halagos que recibe por parte del mundo del periodismo, que Google es realmente eficaz y que por lo tanto no tiene por qué cambiar de método. Resulta paradójico que la selección indiscriminada no sea cuestionada. Podría no ser así dentro de poco, sin embargo. A medida que la montaña aumenta este tipo de búsqueda alienta los recelos. El consumidor puede llegar a pensar: No tengo necesidad de acudir a una gran superficie donde me pase horas buscando cuando en la pequeña tienda de enfrente tengo menos cosas para elegir pero me despachan al instante. Esta sería la causa por la que surge el fenómeno de las páginas especializadas en buscar otras páginas dentro de un pequeño ámbito, o un ámbito general pero de “calidad”.

Google sólo me ofrece tres posibilidades: la web, mi idioma, mi país. Esto es ridículo para un motor de búsqueda que presume de traducir de un idioma a otro al instante. Pero es más, en cuanto a los primeros lugares de la lista, resulta que no hay diferencias entre una u otra posibilidad. Y es que no estamos jugando en una ruleta al azar, el resultado sin duda está amañado y depende del país donde se sitúe el jugador. Elijo pues la primera opción y tecleo la palabra blog. En realidad lo que quiero buscar es un blog, uno en concreto que hable de algo que yo voy buscando. En la lista aparecen muchas páginas que no son blogs, desde luego. A la primera de cambio no hay forma de que Google me entienda, y que deseche aquellos resultados que no son un blog. Como en segundo o tercer lugar aparece una página dedicada a recoger direcciones de blogs, me voy a ella, pero ¿cómo sé que lo que busco ha sido registrado en ese sitio, he de buscar página por página para encontrarlo? Naturalmente regreso a Google y tecleo la segunda palabra clave, por ejemplo Quevedo, y es que lo que voy buscando es un blog sobre Quevedo. Nuevamente Google tiene problemas de interpretación, pues lo que deseo en realidad es que hable “sobre” Quevedo, no que el autor del blog se apellide Quevedo (de nada sirve escribir en la barra de búsqueda el símbolo menos acompañado de “autor del sitio”). Estamos sólo en el segundo paso, así que me veo en la obligación de afinar y seguir introduciendo palabras. Pero a medida que avanzo en esta táctica, también reduzco el campo para encontrar un resultado idóneo. De hecho, soy consciente que muchas páginas, sobre todo las más recientes, ni siquiera han tenido tiempo de ser rasterizarlas (cuanto más bajo es el range page, menos frecuencia en la rasterización), por lo que introducir una frase larga o comillada podría dejar atrás infinidad de resultados.

En realidad, el fallo está en el método, en la imposibilidad de abrir ventanas de búsquedas especializadas que sigan un orden bibliotecario, y también binario. De dos en dos, el navegante podría establecer no sólo lo que busca sino también su cualidad. Por ejemplo, ventana 1: es/blog; ventana 2: sobre/Quevedo; ventana 3: crítica/reciente. Y todo ello estableciendo de antemano que mientras no se especifique la búsqueda no tiene por qué ser idiomática, a pesar de estar escrita en castellano. Esta búsqueda inteligente no sólo nos ahorraría tiempo y quitaría de nuestra vista muchas páginas cargadas de información no deseada sino que además nos daría acceso a páginas que en el método tradicional no podríamos ni imaginar. Introduciendo es blog sobre Quevedo crítica reciente en el Google actual, es altamente improbable que encontremos una página escrita en ruso por un especialista en la materia sobre Quevedo. Con el nuevo método, ¿por qué no?, seguramente. Es más, ¿por qué no puede ser precisamente esa página la que estamos buscando?

La carencia de imaginación en los buscadores comienza a ser irritante, tanto más cuanto más conocemos de ellos, la cantidad de investigadores que trabajan en sus equipos, y la cantidad ingente de dólares que obtienen como benefecio. Citando a Jean Baudrillard, en Las estrategias fatales: «Frente a un mundo delirante, sólo existe el ultimátum del realismo. Eso significa que si queremos escapar a la locura del mundo, también hay que sacrificar todo su encanto». A medida que los contenidos aumentan día a día, a medida que la información se almacena en gigantescas memorias virtuales, “la realidad virtual” vence a los idealismos con sus soeces pragmatismos, colocando siempre unas cosas por delante de otras, no en función de su afinidad sino de su real asentamiento en los motores de búsqueda.

Hace ya bastantes años tuve la idea de crear una biblioteca de inéditos en una pequeña ciudad de provincias. La idea era recoger todos aquellos escritos que la gente guardaba en su cajón y que jamás serían publicados. En ese momento, creía yo, esta era la única solución para establecer un modelo democrático de creación literaria. La idea fue tachada de absurda. Años más tarde apareció Internet y su espacio se pobló de inéditos, millones de inéditos sacados de millones de solitarios cajones. Los cajones han ido creciendo, también las estanterías, las habitaciones que las contienen. Pero los pasillos de acceso siguen siendo los mismos. Quienes controlan los pasillos no están interesados en reformar el edificio. En todo caso, y en el horizonte, sólo se atisban restricciones. Las habitaciones grandes amenazan además con absorber todas las pequeñas habitaciones contiguas. Pronto ocurrirá que será más probable que un desconocido entre en nuestra casa y lea un manuscrito aposentado en el cajón de nuestra mesilla que lo encuentre entre billones de cajones instalados en la red.

Mientras tanto, vamos a darle la razón a ese estúpido anuncio de TV, que cono voz grave y convincente termina afirmando (para anunciar un automóvil): “En todas las listas hay siempre un primero”, pese a saber a ciencia cierta que la lista de Internet es en realidad una gigantesca esfera en continua expansión.

Autor: Julio Fernández Peláez.

http://www.edita-t.com

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