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domingo 29 de noviembre del 2020
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¿De dónde viene la inspiración?

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No nos equivoquemos. La inspiración no viene. Al menos no siempre.

Sin pretender sentar cátedra ni elaborar un manual del tipo “Aprende a inspirarte en 10 días” voy a compartir un recurso que a mí me han servido para mi versión de ilustrador, tanto en publicidad como en diseños para camisetas. A veces los propios métodos difieren de lo que dicen los grandes gurús en sus conferencias. Y es que como dice el refranero, cada maestrillo…

Un caso real.

Estás frente al papel en blanco. Te han pedido un diseño para un poster sobre la eufemísticamente llamada “violencia de género”. Lo primero que se te ocurre es un señor atizando a una señora. Y piensas “un poco fuerte”. Entonces lo suavizas y piensas en una flor mustia. Uff! Tampoco. Y además lo mismo serviría para unas pastillas antidepresivas que para abono de plantas. Estás encallado.

Miras libros de diseño, todos con ideas fantásticas pero ninguno relacionado con el tema. Llamas a tu pareja a ver qué se le ocurre y nada. La inspiración no aparece.

Regresas a tu casa por la noche con la losa de que mañana hay que presentar un boceto y aún sigues en blanco.

Al abrir la puerta te recibe tu hija de 6 años con una Barbie sin ropa y hecha polvo en las manos, porque las niñas pequeñas siempre desnudan a sus muñecas y luego no saben volver a vestirlas.

Pero entonces, al cogerla en brazos y darle un beso, tus ojos se quedan en la muñeca. “Papá, ¿me dejas en el suelo?”, te dice ella, mientras tú estás hipnotizado mirando ese trozo de bacalao con patas que algunos llaman muñeca.

¡Ahí está tu inspiración!

Al día siguiente te vas a tu despacho con la muñeca bajo el brazo (“Papá, no me la vas a romper ¿verdad?”). La pones en una mesa y le haces varias fotos. Mmmm, sí, no está mal, pero le falta algo. Le das la vuelta y te cae al suelo. Entonces te ves las botas Timberland que llevas en los pies (no es que sean cómodas pero a ti te gusta llevarlas como si ir al trabajo fuera algo así como subir una montaña).

¡Y por fin tienes la gran idea!

Encima de la Barbie le plantas una bota, como si la estuviera aplastando. Le haces unas cuantas fotos, eliges una y la colocas en el boceto.

Y el cliente, primero se queda sobrecogido y seguidamente exclama que ÉSA es la idea que quería.

Así que, anda siempre con los ojos como platos. Obsérvalo todo. Si puedes, recoge muestras de lo que veas interesante. O le echas una foto con el flamante iPhone que llevas encima y al que no le das demasiado uso.

Cuanto más te acostumbres a “mirar”, más ideas te irán apareciendo por todas partes. Porque uno nunca sabe cuándo va a necesitar ideas frescas.

Por cierto, lo de cobrar la factura vino bastante más tarde. Eso puede que sea tema para otro artículo.

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Acerca del autor

Fui de estudio en estudio hasta llegar a establecerme por mi cuenta como diseñador gráfico. Paralelamente di rienda suelta a mis inquietudes artísticas, como la acuarela o la pintura sobre seda que se convirtieron en un éxito inesperado. Y ahora dise

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