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domingo 20 de septiembre del 2020
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¿Es feo o es arte kitsch?

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¿Es feo o es arte kitsch?

Seguramente tengas en mente la entrada de alguna gran ciudad. Una gran avenida emparedada entre bloques de cemento que, de tan profundo como hieren tu sensibilidad, tu mirada ha aprendido a ignorarlos. Simplemente no los ves.

Esos bloques son algo feo.

Te paras en un semáforo de esa triste avenida. A tu lado también se para un taxista. Miras distraídamente el interior de su vehículo y descubres que del retrovisor cuelga un rosario, una virgen de plástico y un llavero con la foto del que probablemente sea su, para él, maravilloso nieto.

Eso es también feo.

Si vas a la casa de tus abuelos que viven en el pueblo y entras en el comedor, probablemente tengan en la pared un plato serigrafiado con algún edificio y debajo, en letras doradas pone “Rdo. de Tal Sitio” .

Eso sigue siendo feo.

Pero entonces, sin que se den cuenta claro, coges ese plato, te lo llevas a casa y lo pones en un estante de tu comedor-ikea.

Eso mismo ahora es kitsch.

Entonces ¿qué es kitsch?

Para empezar, la palabreja viene del alemán y significa cursi, de mal gusto.

Según encontramos en una tienda online especializada en este tipo de productos, “un objeto kitsch es aquel que de tan artificial resulta auténtico” (que cada uno lo interprete como considere oportuno).

Par mí es “algo” que generalmente puede costar poco dinero, es una imitación de algo mucho mejor, no sirve para nada, está hecho en algún país lejano, está pasado de moda o es de mal gusto (o todo a la vez). Es lo que actualmente se conoce como un “pongo”. Vamos, como todo lo que venden en las tiendas regentadas por orientales: el gato dorado que mueve la patita, los ramos de flores de plástico, un cuadro de la última cena con tornasoles plateados, etc.

Peeeeeero…. si cualquiera de esos objetos los sacas de ahí y los colocas en un entorno que les es ajeno (un restaurante de “diseño”, un comedor futurista, un escaparate de ropa “in”), o les añades “algo” (un marco dorado, un chicle en la cara de la Gioconda,…) de repente pasan de ser cosas feas y se convierten en objetos admirados.

Eso ya lo hizo Duchamp en 1917, quien sacó un urinario de su lugar habitual y lo quiso exponer en una sala de exposiciones para revuelo de todo el mundo. Automáticamente se convirtió en obra de arte.

Otro ejemplo: las espantosas camisetas que Paris Hilton luce con la foto de su chihuahua. Seguramente si la vendieran en un mercadillo pensarías ”¿quién se pondrá este pingo?”. Pero la Hilton lo viste y no es que sea bonito (que ella se lo cree, seguro), sino que es kitsch y por lo tanto, susceptible de ser diferenciador.

Entonces, lo kitsch es feo?

¡Pues claro que es feo!. Pero es un feo admirado. Vamos, como la Esteban.

A menudo se trata de una burla encubierta (o descarada) a nuestra sociedad de consumo, con el fin de criticar nuestra tontería acerca de los objetos mediáticos o de culto.

Artistas del mal gusto.

Hay reconocidos artistas cuya obra está basada en esta corriente. Por poner algunos ejemplos, tenemos a Pierre et Gilles, dos francesces cuyas fotografías retocadas tienen un aire sumamente decadente en plan calendario de bodega (vírgenes entre almendros floridos, chicos andróginos de mirada lánguida, marineros que está claro que no han pisado un barco en su vida,…).

Jeff Koons, con un peculiar estilo provocativo, igual hace una escultura de tamaño desmesurado representando un perrito como los que se hacen con globos o realiza una figurita dorada de Michael Jackson dándole un aire muy de la corte francesa.

En general son obras tremendamente efectistas y que no dejan a nadie indiferente. Pero no todo se limita a la fotografía o al arte en su forma tradicional. Por poner sólo unos ejemplos, se puede ser kitsch en la canción como La Tigresa de Oriente (nadie se pierda cualquiera de sus vídeos musicales), en decoración de interiores (por ejemplo mezclando en el comedor unos cuadros de autor con sillas de plástico de colores), en moda o en cine (¿quién no recuerda las entrañables “Mujeres al borde de un ataque de nervios”?).

Y para terminar, si existe un paraíso kitsch a escala real, es Disneylandia. Un mundo irreal creado a partir de personajes que, de tan edulcorados y pastelones te provocan caries sólo de verlos.

Entonces ¿qué serían las copias de algo tan kitsch como la Blancanieves de Disney? Pues, la verdad, no sé si hay término para ello, pero yo diría que son “re-kitsch”. Y esto, por suerte ya es motivo de arresto.

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Acerca del autor

Fui de estudio en estudio hasta llegar a establecerme por mi cuenta como diseñador gráfico. Paralelamente di rienda suelta a mis inquietudes artísticas, como la acuarela o la pintura sobre seda que se convirtieron en un éxito inesperado. Y ahora dise

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